Durante el siglo XIX y primeras décadas del XX, los incipientes nacionalismos que iban surgiendo de las sucesivas revoluciones burguesas en Europa (las desarrolladas en América imponían otra lógica), se vieron necesitadas de la creación de unos mitos fundacionales sobre los cuales sostenerse. Las miradas de los padres de las patrias se dirigieron fundamentalmente hacia la Edad Media, época denostada hasta entonces, pero que contenían algunos relatos fácilmente moldeables para convertirlos en fundamentos heroicos de la Patria.
España lo tenía fácil. Desde la aguerrida victoria de Covadonga dirigida por el héroe Pelayo, hasta la gloriosa toma de Granada por los Reyes Católicos, que además unificaron España, cerrando el círculo iniciado por el reino visigodo de Toledo, se extendía la narración de la Reconquista, que incluía todos los elementos necesarios para tal propósito: un enemigo común (los otros frente al nosotros), que además es musulmán, batallas gloriosas, héroes sin mácula y un destino común, que necesariamente continúa en el consiguiente siglo XIX. El franquismo puso broche final a este proyecto de nación.
Desde los años 70 y 80 del siglo pasado, la inmensa mayoría de historiadores que se dedican a estudiar el Medievo peninsular, han desechado con solvencia, pero también con diversidad de opiniones, el relato nacionalista de la Reconquista. Tan solo algunos investigadores trasnochados, pseudo-historiadores influencers y políticos interesados, siguen manteniendo esta narración. A mi modo de ver este no es el problema mayor. La cuestión es que, en el imaginario de una parte muy importante de la ciudadanía, siguen apareciendo Pelayo, los moros, Covadonga y la Reconquista cuando piensan en la Edad Media de nuestro país. Incluso se sigue manteniendo la segunda acepción de Reconquista que el diccionario de la RAE incluyó, allá por 1936, en plena Guerra Civil: “Recuperación del territorio hispano invadido por los musulmanes en 711 d. C., que termina con la toma de Granada en 1492”. No hay nada nuevo, es algo que siempre ha ocurrido: cuando un grupo consigue el poder en una sociedad, crea su relato histórico para legitimarse a sí mismo, incluso si es necesario se establece una damnatio memoriae sobre los perdedores. Este mito tiene su origen en el siglo IX o comienzos del X, en círculos asturianos, en un momento de crisis internas en Al Andalus, cuando se escribe la Crónica de Alfonso III, en la que se liga a la naciente monarquía asturiana con el reino visigodo a través de Pelayo. La mayoría de historiadores actuales están de acuerdo en señalar esta crónica como una herramienta ideológica para dar legitimidad al reino de Asturias.
Yo no soy un historiador profesional, sino tan solo un licenciado en Historia; por tanto, en este caso, actúo como historiador aficionado, pero sobre todo como ciudadano que se plantea algunas preguntas sobre el pasado de España. La Historia nunca debe utilizarse para justificar el presente, sino para explicarlo, y por ello es necesario hacerse preguntas, tener dudas sobre lo ya escrito y no dar nada por sentado, porque muchas veces estamos tan metidos en un relato que no somos capaces de salir de él para tener otra visión que enriquezca nuestra historia. Lo que sigue a continuación son algunas consideraciones que hago sobre ese periodo de la Historia de España que ha venido en llamarse durante tanto tiempo “reconquista”.
1/ Desde que era un niño hasta el presente, ya con 65 años, no he dejado de escuchar eso de que “España es diferente”, lema que se inventó don Manuel Fraga para atraer el turismo en los años sesenta. No es nada baladí, sino que esconde algo tan nacionalista como el “hecho diferencial” o, para lo que a nosotros nos ocupa, la excepcionalidad histórica. Yo tengo la manía de ver las cosas desde lejos, para observar con perspectiva. Creo que es algo absolutamente necesario cuando uno se plantea una investigación, por ejemplo de carácter histórico. Pero esto es algo que no interesa cuando lo importante es que la narración se mantenga tal y como ha sido definida. Es un método muy sencillo, que también utilizan los escritores de best seller, algunos de manera brillante, como Dan Brown con su Código da Vinci. Se toman hechos reales suficientemente probados y conocidos y se unen de forma conveniente, por supuesto omitiendo aquello que contradice el relato.
Roma, el Imperio Romano, controló todo el área mediterránea (y mucho más) homogeneizando culturalmente desde el norte de Britania hasta África, desde la costa atlántica de Hispania, hasta Mesopotamia. Todas las gentes que habitaban esa extensa área hablaban latín, usaban termas, desde el año 212 todos eran ciudadanos romanos (siempre y cuando no fueras esclavo o extranjero) y desde el 380 todos tenían el Cristianismo como religión oficial. Era una sociedad muy organizada, rica y sofisticada. Pero desde la segunda mitad del siglo III comenzó a tener problemas de diversas índoles, que acabarían por hacer desaparecer el poder imperial en su parte occidental. Y es bien sabido que cuando un poder se desintegra otro ocupa su lugar. Los pueblos mal llamados bárbaros (vocablo despectivo) que presionaban el limes romano desde hacía tiempo, fueron asentándose con mayor o menor consentimiento de Roma por el territorio imperial desde finales del siglo IV. Eran pueblos muy diversos (germanos, esteparios, nórdicos, eslavos), con costumbres muy diferentes, pero desde luego, sociedades muchos menos sofisticadas que las de Roma. De hecho, estos pueblos fueron romanizándose con el paso del tiempo, acabaron hablando latín y aceptando el Cristianismo, si bien muchos de ellos a través de “herejías”, como el arrianismo de nuestros visigodos. Desde estos años hasta aproximadamente finales del siglo X, pongamos el año 1000, estos pueblos fueron conformando organizaciones políticas, reinos, ducados, marquesados, condados por toda Europa, tanto por los territorios que conformaban el Imperio Romano, como los que estaban más allá del limes.
La mitad oriental de este Imperio Romano pervivió y se reinventó. Paulatinamente dejó de ser romano para convertirse en griego, con grandes influencias orientales. Su capital, Constantinopla, fundada ex novo por Constantino el Grande en el siglo IV, se convirtió en la nueva Roma y actuó como tal. Justiniano en el siglo VI casi consigue ocupar toda la costa mediterránea, pero para el año 1000 el área de dominio de Bizancio, el antiguo Imperio Romano de Oriente, era poco más que las penínsulas balcánica y anatólica, pero su influencia era aún muy importante.
En el siglo VII surgirá la tercera gran área de poder de lo que era, más o menos, la antigua Roma en su máxima extensión. Hablamos del Islam. En el 622 comienza su expansión, primero por Arabia, luego por Mesopotamia, Siria, el Levante, chocando con Bizancio. Se extiende por Oriente hasta la India, y hacia el Occidente, hasta la Península Ibérica. Tan solo 100 años después tiene lugar la supuesta batalla de Covadonga. Es importante recordar esto.
Durante aproximadamente 500 años estas tres grandes áreas culturales estarán en un proceso de génesis, de creación de nuevas formas de sociedad, de estructuras políticas, de religión, hasta de idiomas, de arte. En el año 1000 ya estarán creadas las bases de lo que será, unos siglos más adelante, la modernidad. De este modo, lo que era una Edad Media oscura y violenta, resulta ser un periodo extremadamente dinámico, en constante reinvención.
La Península Ibérica no fue ninguna excepción. Formaba parte de toda esa dinámica generadora que barrió el antiguo Imperio Romano. Incluso más que ninguna otra área (salvo quizás Sicilia), ya que vivió la ocupación de germanos, bizantinos y musulmanes. Es evidente que este tipo de procesos genera mucha violencia, pero también intercambios; de objetos, de experiencias, de cultura, de tecnología, de arte. Y de esos intercambios (y también de esa violencia) surgen sociedades nuevas. Hace unos días estuve en Asturias, entre otras cosas para poder admirar el arte asturiano prerrománico, y quedé estupefacto cuando contemplé, en la iglesia de San Julián de los Prados, pinturas al fresco, bien conservadas, realizadas al estilo pompeyano… ¡en la Asturias del siglo IX! La guía que lo explicaba me contó que está verificado que en la iglesia estuvieron trabajando artistas de Ravena. A veces pensamos que en esa Edad Media tan oscura nada se movía, la gente no salía de su aldea. Nada más lejos de la verdad.
El poder visigodo se derrumbó prácticamente tras la batalla del Guadalete, en el 711 (en cuestión de fechas hay, en la historiografía contemporánea, ciertas dudas, con algunos hechos, como éste). En los doscientos años que van desde el 507 (derrota de Vouillé) hasta la entrada de Tariq y Muza en la Península Ibérica, tan solo en unas pocas ocasiones hubo un poder mínimamente centralizado visigodo, fundamentalmente en los años finales del siglo VI, con Leovigildo y Recaredo, y en los años centrales del VII, con Chindasvinto, Recesvinto y Wamba, y quizás Suintila, que consiguió vencer a bizantinos y vascones. El resto del periodo estuvo protagonizado por constantes levantamientos de nobles, por luchas contra pueblos del norte peninsular o con otros poderes como Bizancio en el sureste o suevos en el noroeste. Tampoco lo tuvo fácil con la población autóctona hispana, especialmente en la Bética. Esto tampoco es ninguna excepción histórica, sino la norma en esta sociedad europea en transformación; el poder carolingio centralizado tampoco fue más allá de tres monarcas, al igual que el otónida; los ostrogodos se limitaron a uno, Teodorico; el califato cordobés empezó a declinar al tercer califa. Así que no es de extrañar que un reino que basaba su poder en el ejército se derrumbara en una batalla. Hay que decir que los ejércitos en esta Alta Edad Media no sobrepasaban los 15.000 soldados, y en una sola batalla campal podía perder, al ser derrotado, la mitad de sus integrantes. Entre esta élite hispano-visigoda que gobernaba Spania, una gran parte murió en combate, otra emigró al reino franco, otra, la eclesiástica a Italia, y otra capituló con el invasor, manteniendo sus posesiones, como bien prueba el conocido pacto de Teodomiro o Tudmir; o el del conde hispano romano Casio, que se convirtió al Islam, y mantuvo entre los siglos VIII y X el dominio de un extenso territorio en torno a Zaragoza (familia Banu Qasi). Y sí, seguramente parte de esta élite visigoda se refugiara en el norte de la Península, pero con un poder prácticamente nulo, ya que hacía ya tiempo que esa zona estaba controlada por pueblos autóctonos, especialmente astures, cántabros y vascones, como bien demostraron en su famoso trabajo de los años 70 Abilio Barbero y Marcelo Vigil.
Este dinamismo de la época también se aprecia en la parte dominada por los musulmanes. La mayor parte de los ejércitos que entraron en la Península en el 711 eran bereberes (tiene el mismo significado que bárbaros y, por tanto, también es despectivo; esta población se autodenominaba amazig), al mando de los cuales se situaba la población árabe, que formó la auténtica élite de Al Andalus. La conquista árabe de las tierras que forman actualmente Marruecos y Tunez, de donde partieron los ejércitos de Tariq y Musa, formados mayoritariamente por estos bereberes (o amazigs), se completó a finales del siglo VII. Es evidente que la arabización y la islamización de esta población que invadió la Península Ibérica, no estaba completada. Es decir, que este proceso de aculturación culminó dentro de Al Andalus, prácticamente de forma paralela a la que experimentó la población hispana (muladíes). Habría que hablar más de una invasión arabo-bereber, que una invasión musulmana.
Por otra parte, la percepción que podían tener los cristianos de esta época (siglos VII a X) del Islam no podía ser la misma que tuvieron posteriormente los cristianos a partir del siglo XI, y mucho menos la que tenemos en el siglo XXI. En el siglo VIII no estaban asentadas las bases del Islam, como tampoco lo estaban las bases del Cristianismo. En un periodo en el que surgían con cierta regularidad movimientos heterodoxos dentro de la cristiandad, el Islam podía ser percibido como uno más, sobre todo teniendo en cuenta que, tanto el Cristianismo, como el Judaísmo, como el Islam, surgen de la misma cultura, del mismo espacio, comparten libros sagrados y coincide el mismo Dios. Difícilmente en esa época tan temprana podían lanzarse “cruzadas” contra el infiel.
2/ Uno de los asuntos que más escondido se ha mantenido para justificar este relato nacionalista es el de la demografía. Siempre es arriesgado y susceptible de ser revisado el tema poblacional en un momento en el que no existía la estadística, pero la mayoría de los autores consultados coinciden en que la población de la Península Ibérica se mantuvo más o menos en unos cuatro o cuatro millones y medio de habitantes, con sus momentos de crisis y desarrollo. La población que llegó de Roma durante o después de la conquista de Hispania no serían más de cien o ciento cincuenta mil personas, en su mayoría militares y algunos comerciantes y administradores. Los visigodos fueron algo más, unos doscientos mil, aunque algunos autores lo elevan a trescientos mil; en este caso hablamos de todo un pueblo, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, siendo en torno a un 20 o 25% los hombres en edad de portar armas. En el caso de los árabes y norteafricanos, se baraja en torno a ciento cincuenta mil, prácticamente todos hombres de armas. Es decir, que del total de la población que vivía en la Península Ibérica en esos años, tan solo poco más del 10% tenía un origen alóctono (tomo como población autóctona, aquella con un origen hispánico pre-romano, es decir, una población enormemente diversa, con un origen también muy variado, lo cual hace que la cuestión autóctono-alóctono sea muy relativa). Si nos vamos al ya nombrado año 1000, es decir el momento en el que ya comienza el declive del Califato de Córdoba, tenemos que en toda la Península Ibérica, aproximadamente el 3,75% de la población tiene un origen árabe o norteafricano. Sin duda es un dato poco fiable, porque gran parte de esos “invasores” tomó por esposa, concubina, etc a una hispana, con lo que también hay que contar en esa fecha, transcurridos ya casi tres siglos, un porcentaje de población mixta, al igual que en buena lógica ocurrió con romanos y visigodos. Pero para lo que me interesa me vale con tener claro que la inmensa mayoría de la población tenía un origen hispano.
¿Y por qué le doy tanta importancia a este asunto? Porque durante mucho tiempo se nos ha hecho creer, de una forma u otra, omitiendo o mintiendo, que la población musulmana era extranjera, asimilando musulmanes con invasores, cuestión que, sin duda, no tiene ninguna base. Según Antonio Domínguez Ortiz (que utiliza los datos de Richard W. Bulliet), la población musulmana llegó en el siglo XII a ser el 100% de la población de Al Andalus. Si cruzamos ambos datos el resultado es que la inmensa mayoría de la población musulmana de Al Andalus tenía un origen hispano.
En 1085 Alfonso VI, rey de Castilla y Leon, entra en Toledo, más por capitulación del poder vigente en la ciudad que por conquista. Durante todo el siglo XII se produce un equilibrio de poder entre cristianos y musulmanes gracias a la entrada en la Península de almorávides y almohades, tiempo en el que los reinos cristianos organizan sus estructuras internas. Pero es a partir de 1212, con la batalla de las Navas de Tolosa cuando el avance cristiano sobre territorio musulmán es imparable, llegando a Tarifa en apenas 80 años. Solo quedaba el reino nazarí de Granada como último vestigio de Al Andalus. La pregunta es ¿qué ocurrió con los aproximadamente dos millones y medio de musulmanes de origen hispano que de repente se vieron viviendo en territorio cristiano? La respuesta es bien conocida, se les dio a elegir entre conversión o exilio, hasta la última gran expulsión llevada a cabo en el reinado de Felipe III ya entrado el siglo XVII, cuatrocientos años después de 1212. Digo que la respuesta es conocida, pero lo que se ha ocultado siempre es el número, como si la mayoría de los que habitaran en la mitad sur peninsular tras 1492 fueran “cristianos viejos”. No más de doscientos cincuenta mil cristianos provenientes principalmente de Castilla y Leon se asentaron en el antiguo Al Andalus en los siglos XIII, XIV y XV tras las conquistas, y el sur y el levante peninsular siguieron siendo los territorios más poblados y pujantes, así que por fuerza, al menos dos millones de musulmanes se convirtieron al cristianismo, aproximadamente la mitad de la población de la Península Ibérica. Dos millones, los mismos que siglos antes se convirtieron del cristianismo al islam. Soy consciente de que detrás de estos datos no hay ninguna investigación mínimamente seria por mi parte que sostenga esta teoría. Me he basado en datos que he ido recopilando de investigaciones que han hecho historiadores. Pero a mí me sirve para replantearme ciertas cosas que se daban por establecidas, para hacerme preguntas y para dudar, que es la base del pensamiento científico, más allá de mitos. Y también me sirve para reivindicar que Al Andalus también forma parte de la historia de España. No porque sea una historia dulce, bonita, llena de paz y armonía; la reivindico con sus luces y sus sombras, de la misma manera que lo hago con la Hispania romana o con la visigoda.
3/ El concepto de Reconquista conlleva la idea de una guerra en la que los reinos cristianos, herederos de un unificado reino visigodo de Toledo y partiendo del reino de Asturias, patria de la nación española, pretenden (y consiguen) recuperar, reinstaurar, lo conquistado, injustamente, por los invasores musulmanes. La realidad desmonta el mito.
Voy a dar una opinión que puede levantar ampollas, y que seguramente alguien con cierto criterio puede desmontar. Pero necesito hacerlo para que al menos los lectores de este texto (espero que alguien lo lea) tengan un minuto de duda y se hagan preguntas. La historia de Pelayo y Covadonga es algo absolutamente irrelevante en la Historia de España. La historiografía tradicional y, por inercia, mucha de la actual, ha dado sibilinamente mucha mayor importancia en la formación de los reinos cristianos peninsulares al reino de Asturias que al resto. Y, sin embargo, el origen de todos estos reinos de menor importancia fue independiente de lo que ocurría en las montañas cantábricas. En el origen de las estructuras de poder nororientales está la Marca Hispánica creada por Carlomagno a finales del siglo VIII con el fin de proteger el reino carolingio de Al Andalus. También es independiente de lo que ocurría en Asturias la formación del reino de Pamplona, posteriormente de Navarra, que fue creado por los vascones para protegerse tanto de los francos como de los andalusíes. Con Pelayo o sin él, con Covadonga o sin ella, estos reinos se habrían formado igualmente.
Y en cuanto a astures y cántabros hay diversas teorías, pero parece claro que estos pueblos hispanos en mayor o menor medida fueron también romanizados y el interés que tenía Roma sobre el territorio viene de las minas de Cabárceno y Las Médulas; también fue complicado el control visigodo sobre este territorio, posiblemente por la difícil orografía. En cualquier caso tanto cántabros como astures mantuvieron una cierta organización autónoma, especialmente en época visigoda, y no parece que ambos pueblos tuvieran mucha simpatía hacia los germanos. Cuando Tariq y Muza derrotaron a los visigodos, astures y cántabros vieron aligerar el control germánico. Las tropas bereberes llegaron pronto al territorio y Munuza, que dirigía estas tropas, se estableció en Gijón, pero tras la rebelión bereber del 741 los musulmanes abandonaron la zona. En estos momentos astures y cántabros quedaron liberados de control y se expandieron hacia las llanuras del sur y hacia Galicia. Con Covadonga o sin ella los astures se habrían expandido. Con Pelayo o sin Pelayo, los astures y cántabros habrían tenido un líder, un jefe, un rey.
Todos estos reinos que estaban en proceso de formación durante los siglos VIII a X no se vieron exentos de violencia, todo lo contrario (ya lo dijo Charles Tilly en su teoría de la coerción y violencia en la formación de los estados), pero no se dirigió exclusivamente hacia los distintos poderes musulmanes. En la misma medida, los diferentes reinos y condados que se estaban creando chocaban en sus respectivos procesos de expansión. Las fronteras establecidas en esa época eran enormemente dinámicas y poco definidas y los diferentes reinos crecían mediante la guerra y los matrimonios, de la misma manera que se encogían, bien por guerra o por repartición de herencias. Son los mismos procesos que ocurrían en el resto de Europa, sin ninguna diferencia. En este sentido no había ninguna diferencia entre reinos cristianos o musulmanes. Los árabes se enfrentaron a los bereberes en diferentes ocasiones. También hubo tensiones entre los Banu Qasi y Córdoba. Fernando I de Castilla, hizo matar a su cuñado Vermudo III de León, a su hermano García de Navarra y a su hermanastro Ramón de Aragón para forjar su poder.
Pero también hubo lazos matrimoniales que servían como lazos diplomáticos. La reina Toda de Pamplona era tía carnal de Abderramán III. Sancho III el Mayor era primo carnal del hijo de Almanzor, pero también, mediante políticas matrimoniales y conjuras poco claras, acabó dominando la mayor parte de los reinos cristianos en los albores del siglo XI. El conde castellano Sancho García casó a su hija con Berenguer Ramón, heredero del condado de Barcelona y el matrimonio se consumó en la taifa musulmana de Zaragoza; los tres poderes pretendían hacer una alianza para luchar contra Sancho III, a pesar de estar casado con una hija del mismo conde castellano. Violencia y diplomacia matrimonial se hicieron presentes de manera generalizada en toda la Península, dejando a un lado, en muchas ocasiones, la religión.
El siglo XIII marcó un giro absoluto en las relaciones entre los estados cristianos y los musulmanes. A partir de entonces la cuestión religiosa adquiere entre los reinos cristianos una mayor preponderancia y marcará el desarrollo del conflicto hasta 1492, e incluso más allá. Lo que motivará a estos reinos, y fundamentalmente al de Castilla y León, no será la “reconquista” del reino visigodo, sino la “cruzada” contra el islam. El objetivo será la desaparición del poder musulmán en la Península Ibérica, y para ello la coordinación con los reinos de Portugal y de Aragón fue totalmente necesaria.
4/ Por lo general, la historia que solemos aprender, conocer y reconocer de cualquier parte del mundo y de cualquier periodo, es la historia de las élites. Guerras, acuerdos, tratados, reyes, presidentes, héroes…, todo nos lleva a las élites. Y es lógico, puesto que la mayoría de las fuentes, sean escritas o arqueológicas, con las que trabaja el historiador, las que se han conservado (las viviendas de la gente común no se conservan, la de los reyes, sacerdotes o dioses, sí) nos hablan de la población que tiene el poder, y muchas menos veces de la gente que es gobernada.
También ocurre con la historia de la Alta Edad Media en la Península Ibérica, por lo que la historia que se cuenta es la que afecta a esta élite. Pero con ello nos estamos perdiendo más de la mitad de la Historia. Creo que sería muy importante conocer qué es lo que sentían, pensaban, hacían o temían esos varios millones de hombres y mujeres que veían cómo pasaban por sus tierras fenicios, griegos, cartagineses, romanos, godos o árabes, y pasaban a controlar sus vidas y sus pensamientos, que acababan hablando sus lenguas, rezando a sus dioses, vistiendo sus ropas y comiendo sus comidas.
Ver la historia desde otros puntos de vista no puede tener otro resultado que enriquecer ese conocimiento de nuestro pasado. Hace ya algún tiempo que me interesé por la historia desde la perspectiva de género, y realmente suena de otra manera. O tomar como referencia las creaciones artísticas. Ya comenté cómo me cambió la percepción del reino asturiano, descubrir los frescos de San Julián de los Prados: me convenció de las fuertes relaciones entre este reino y el reino carolingio en el siglo IX, que a mí me parece vital; y me demostró que la diversidad y las interrelaciones, cercanas y lejanas, protagonizaban este periodo de la historia europea, incluida la española.
5/ En conclusión, si realmente queremos conocer nuestro pasado debemos acercarnos a él con humildad, sin prejuicios, asumiendo que lo que vamos a encontrar puede o no gustarnos, aceptando que se nos pueden romper los esquemas. Y para ello debemos dar unos pasos atrás, para tener una visión más amplia, porque en todo periodo de la Historia, en cualquier lugar, los hechos nunca se han dado de forma aislada, sino que todo está interrelacionado (libros como el de Josephine Quinn, Cómo el mundo creó Occidente, son altamente recomendables en ese sentido). De igual manera, conocer la Historia desde otros puntos de vista nos enriquece, nos abre la mente y nos permite conocer mucho mejor el pasado.
Lo contrario nos lleva al adoctrinamiento, a creer de forma acrítica en relatos que solo sirven para justificar ideologías. Es curioso que los defensores del relato nacionalista de la Reconquista, como Armando Besga Marroquín, acusen precisamente de adoctrinamiento y mentes cerradas a todo aquel que no está de acuerdo con su relato.
Como dije anteriormente, es muy posible que lo que aquí cuento sea fácilmente desmontable por alguien que haya realmente investigado este Medievo peninsular. Y yo estaré encantado de que me hagan una crítica, dando las razones por las que yo estoy equivocado. Porque de lo que se trata, lo que es necesario para acabar definitivamente con los mitos, más allá de la labor de los historiadores, es que haya debate público, que la gente se pregunte, dude, diga lo que piensa y busque la verdad histórica.
En cuanto a las fuentes que he usado y os pueden ampliar información, es fácil encontrar en Internet las transcripciones de las crónicas contemporáneas, como la Mozárabe del 754, o las de Alfonso III, de la segunda mitad del siglo IX. Como texto base, he seguido a Eduardo Manzano, que escribe el volumen II de la Historia de España dirigida por Josep Fontana y Ramón Villares, en editorial Crítica, una colección que aconsejo para todos los interesados por la Historia de España. Este mismo autor tiene un texto en la misma editorial, España diversa, que es uno de esos planteamientos de los que he hablado, otra perspectiva que, más allá de que estés de acuerdo o no, te hace pensar y replantearte tu visión. En la editorial Desperta Ferro, David Porrinas dirige un debate en torno al concepto de Reconquista, una iniciativa de un gran valor, desde mi punto de vista; el título es ¡Reconquista! ¿Reconquista? Reconquista. También en Desperta Ferro, Yeyo Balbás, que no es historiador, pero que sí trabaja con fuentes primarias, escribe Espada, hambre y cautiverio. La conquista islámica de Spania, texto en la órbita del relato nacionalista. El siempre polémico Emilio González Ferrín, escribe en la editorial Shackleton Alandalus, que analiza la historia desde el punto de vista musulmán, aunque creo que algo dulcificado para la parte musulmana. Y tres básicos de siempre: Al-Andalus, escrito por Ana Carrasco, Juan Martos y Juan Souto, en editorial Istmo; España musulmana (siglos VIII-XV) de Rachel Arié, en editorial Labor; La conquista árabe 710-797, de Roger Collins, en editorial Crítica. Un libro que me gusta mucho, sobre todo para ver qué ocurre antes del 711 es Entre fenicios y visigodos. La historia antigua de la Península Ibérica, en editorial La esfera, dirigida por Jaime Alvar Ezquerra y con capítulos de los mejores historiadores de la Antigüedad peninsular, como Domingo Plácido, Pedro Barceló o José María Blázquez. Y por último, el imprescindible para adentrarse en nuestro tema, y ya citado, Sobre los orígenes sociales de la Reconquista, de Barbero y Vigil, en editorial Ariel.