LA FASCINACIÓN POR LA GUERRA

Toda mi vida he estado fascinado por la guerra, desde niño. Tanto es así que en la universidad me especialicé en historia de la guerra. No se trata de que amara la guerra, de que me gustara que se matara masivamente a la gente, que se destruyera todo. Mi fascinación era del mismo tipo que sienten los investigadores en medicina o en bioquímica que centran su trabajo en el cáncer, por ejemplo. Al igual que ellos y ellas, lo que me fascina es aprender, conocer porqué se produce la cosa con el fin de aportar algo para poder curarlo y, sobre todo, prevenirlo. Pero es una fascinación que duele. He llegado a llorar cuando investigaba sobre las guerras en  África, por ejemplo al leer testimonios de niños soldados.

No me siento, desde luego, un especialista en la materia, pero sí que he aprendido algunas cosas. La más importante de ellas es que la guerra es la mayor tragedia que puede experimentar una sociedad. Ni las catástrofes naturales, ni las pandemias, ni las crisis económicas, ni siquiera las represiones violentas de las dictaduras. Es la guerra. También he aprendido que sus causas se podrían resumir en dos: la codicia de los gobernantes, que quieren conseguir las riquezas de sus vecinos (recursos energéticos o minerales, agua, salida al mar, tierras, etc) y la lucha por el poder, ya sea dentro de un estado (guerras civiles) o para controlar una región (o incluso el mundo entero). Hay otras causas, claro, como las que llevaron en el año 1200 a.e.c.  a los llamados pueblos del mar a destruir culturas como la micénica o la hitita, o en el siglo V e.c. a pueblos germánicos, esteparios o eslavos a poner fin al imperio romano de occidente; fueron empujes de masas de gente sobre los límites de otros estados arrastrados por el hambre y la necesidad. Y quizás haya otras causas, pero en cualquier caso son minoritarias. Codicia y poder.

Desde luego con lo que no me he encontrado nunca es con un caso en el que el gobierno de un país decide poner en riesgo a sus soldados y su economía para ayudar a otras gentes de otros estados que están siendo reprimidas por sus gobernantes. Eso no existe. En este punto seguramente alguien pensará en la llamada segunda guerra mundial, en la guerra buena en la que los norteamericanos, de forma altruista, desembarcaron en la costa africana, en Sicilia y en Normandía para liberar a los judíos que estaban siendo exterminados por Hitler. De verdad, no os lo creáis, es un relato falso. Algún día os lo contaré. Otra cosa es el derecho (y se podría decir que la obligación) de cada estado a defenderse de un ataque de otro estado. Eso, además de legal, es de sentido común.

Así que os puedo asegurar que yo no me trago todas esas mentiras que lanzan sobre la actual guerra de Irán. ¿Quiénes son los mayores beneficiados si al final acaban venciendo Netanyahu y Trump? La respuesta va implícita en la pregunta. Israel conseguiría lo que viene buscando desde hace 77 años: el gran Israel, Eretz Israel, controlando de forma absoluta todo el Oriente Próximo. Trump y la oligarquía que tiene a su alrededor consiguen fundamentalmente petróleo; pero también se vería beneficiado por la nueva geopolítica de la zona. Y, de paso, Arabia Saudí y los emiratos del Golfo se quitarían al enemigo chií, que no es poca cosa. ¿Se beneficia la población iraní? No me queda muy claro, porque de entrada están sufriendo la que hemos dicho que es la mayor tragedia que puede vivir una sociedad, que es la guerra. A la que seguirá la postguerra, que también es trágica. Desde luego, esta guerra no se ha iniciado para liberarles de nada y darles una vida mejor. Que el régimen de los ayatolás es criminal lo sabemos desde los años 80 del siglo pasado; y yo también deseo su fin. Pero la guerra no es una opción buena. Es muy mala.

Según el índice de democracia de Economist Intelligence Unit, compañía asociada a The Economist, un tercio de los estados reconocidos internacionalmente en nuestro planeta son regímenes autoritarios que reprimen a sus poblaciones: Afganistán, Myanmar, Corea del Norte, República Centroafricana, Chad, Turkmenistán, Laos, Sudán, Libia, Yemen, Arabia Saudí, China, Rusia…, así hasta 60. ¿Van a hacer lo mismo con ellos Israel y Estados Unidos? Por ahora los dos únicos estados “intervenidos” han sido Venezuela e Irán, que tenían en común una considerable producción petrolera no accesible para los americanos.

Creo que como yo, una mayoría de gente en el mundo desearía que hubiera un organismo en el que estuvieran representados todos los estados del globo,  que prohibiera la guerra y tuviera mecanismos para responder, de forma legal y militar,  a una agresión que se produjera a un estado por parte de otro; y que pudiera llevar a juicio a los malos, es decir a aquellos que atentan contra los derechos humanos dentro de un país o contra los ciudadanos de otro estado. Sería bonito y sería eficaz. Mucho más que la guerra.  Hubo un tiempo en el que hubo un organismo así, que se llamaba la Organización de Naciones Unidas, y un Tribunal de Justicia a nivel mundial con sede en La Haya, pero hace tiempo que dejaron de funcionar, desgraciadamente.

Esto no va de slogans, ni de izquierdas y derechas. Sí que hay una polarización, en España y en el resto del planeta, pero es entre democracia y totalitarismo. Hay mucha gente que aún no se ha enterado de lo que pasa; están en Babia mirando las redes sociales o las encuestas de votos para las siguientes elecciones. Yo no me guio por lo que dicen los influencers, ni los think tanks, ni siquiera los responsables de comunicación de los partidos políticos. Quizás por eso tenga las cosas muy claras. Tú también puedes si piensas por ti mismo. Te animo a hacerlo.

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