CÓMO EL MUNDO CREÓ OCCIDENTE

En los últimos años, y a pesar de la constante aparición de pseudohistoria y fake news que ennegrecen el panorama, hay que felicitarse por los enormes avances que se están produciendo en la historiografía en todo el mundo. La apertura de archivos fundamentales, el descubrimiento de un hallazgo arqueológico, la introducción de una nueva disciplina o la interpretación de los hechos desde otros puntos de vista están permitiendo salir al historiador y a todos los interesados por la historia, del lugar común en el que hemos estado desde hace mucho tiempo. Un lugar común que no ha sido ni mucho menos fruto del desconocimiento, sino que ha sido provocado e interesado. Hace tiempo dije que la historia no se debe escribir para justificar el presente, sino para explicarlo, de tal forma que podamos afrontar mucho mejor el futuro.

El nuevo libro de Josephine Quinn, profesora de Historia Antigua en Cambridge, Cómo el mundo creó Occidente, editado por la editorial Crítica,  es, en mi opinión, uno de esos textos que rompen moldes. Su tesis fundamental es, para horror de algunos, que lo que nosotros consideramos actualmente Occidente y cuyas raíces se vienen situando en el mundo clásico y en el cristianismo, es un invento nacido en la Europa cristiana moderna, que empezó a germinar en los siglos del Renacimiento, pero que no cristalizó hasta entrado el siglo XIX, sin duda para justificar la acción civilizatoria del imperialismo europeo.

Parece increíble que aún hoy en día sigan vigentes conceptos que ayudan poco o nada a entender la Historia. Fue en el Renacimiento cuando se inventó el concepto de edad media para crear un puente entre el mundo latino (más que el griego) y el renacer del humanismo, y con esto se borraba de un plumazo la mayor parte de la historia universal, que ya deja de ser universal para ser solo occidental. No es cierto que entre el siglo V de nuestra era y el 1500 hubiera un periodo oscuro. Lo que pasaba es que lo que llamamos ahora occidente era la periferia del mundo, porque el centro estaba en lo que ahora llamamos oriente, que vivió un periodo enormemente floreciente durante esos 1.000 años. De hecho lo que hubo en ese tiempo fue una extraordinaria globalización, con un animado comercio e intercambio de ideas y culturas (los antiguos europeos también participaban de esa globalización).

Pero también desaparecieron del mapa todas las civilizaciones antiguas anteriores o coetáneas a Grecia y Roma. Y sin embargo fue en Mesopotamia, en Egipto, en Persia, en India, en China, etc. donde aparecieron por primera vez la literatura, el arte, las matemáticas, la física, la medicina… Y lo malo es que esa forma de entender la historia se ha mantenido hasta hace muy poco. Al igual que la parcelación de civilizaciones, que también denuncia la profesora Quinn: “Entender las sociedades en términos de árboles solitarios e islas aisladas está desfasado 200 años y es demostrablemente, históricamente, erróneo. Es hora de encontrar nuevas formas de organizar nuestro mundo común”. También dice en otra parte del libro que la diversidad de las sociedades, que nunca son uniformes, y la interrelación entre unas y otras, son las que han hecho que la Historia haya sido posible. Sin este flujo constante de intercambio y de mezcolanza nunca habría ocurrido nada. En este sentido me hace pensar en otro libro publicado no hace mucho en esta misma editorial Crítica, España diversa del profesor Eduardo Manzano, que traza una historia de España plural, inclusiva, de lectura muy recomendable para entender un poco mejor nuestra historia.

Y, por supuesto, recomiendo la lectura del libro de Josephine Quinn Cómo el mundo creó Occidente, una historia desde los comienzos de la Civilización hasta el surgimiento del Renacimiento sin parcelaciones, haciendo hincapié en lo que une, más que en lo que diferencia. Una visión mucho más amplia de la Historia que te va a hacer replantearte muchas cosas. Conmigo por lo menos lo ha conseguido.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a CÓMO EL MUNDO CREÓ OCCIDENTE

  1. Eugenio de la Plaza dijo:

    Resulta bastante propio del pensamiento occidental criticar… al pensamiento occidental. Y bienvenido sea por cuanto es representativo de una cultura que ha hecho de la duda y el cuestionarse todo una de sus señas de identidad. En paralelo, cierto buenísimo condescendiente provoca en los intelectuales europeos y anglosajones un deslumbramiento por las culturas ajenas, que no exentas de indudables atractivos, en el campo del progreso material, moral y social no resisten la comparativa con la nuestra. Porque es tiempo de dejarse de complejos y afirmar que es en Occidente donde la Humanidad ha alcanzado la mayor cota de desarrollo a todos los niveles en base a tres pilares: la propiedad privada, el libre comercio y el respeto por la dignidad de la persona. Veamos brevemente cuáles son las razones históricas que me llevan a defender este planteamiento. La Historia de Europa viene determinada por la filosofía griega, el derecho romano y, a partir del siglo I d.C., la moral cristiana que funde en el crisol del Mediterráneo, el judaísmo monoteísta con el platonismo. Sócrates, Platón o Aristóteles enlazan con Epicuro, Séneca o Marco Aurelio y estos a su vez con San Pablo, San Agustín de Hipona y Boecio. Y en este continuum no hay un paréntesis ni un retroceso en lo que, cierto es, los renacentistas dieron en llamar Edad Media para postularse como herederos directos de los clásicos extendiendo una nube de humo que ocultaran los logros de los siglos precedentes. Una nube que los medievalistas actuales están disipando para volver a poner en valor una época de evidente luminosidad. ¿Cómo si no valorar la etapa histórica que alumbró el gótico, el pensamiento de Santo Tomás, Bernardo de Claraval o Abelardo, a mujeres tan relevantes como Hildegarda de Bingen, Leonor de Aquitania o Isabel de Castilla, y en la que se escribieron los cantares de gesta y vieron la luz las obras de Dante, Petrarca o Chaucer y se pusieron las bases para el auge de la burguesía, el comercio y los estados modernos? Una herencia que a pesar suyo el Renacimiento vino a completar trayendo el humanismo como fuente de inspiración y progreso. A partir de ahí y sin entrar en la controversia de la expansión de las naciones europeas, quedémonos con que fue en Europa donde primero se abolió la esclavitud, se plasmaron en papel los derechos humanos y se dio voz a la voluntad popular en parlamentos. Se sentaron, en fin, los fundamentos de las más avanzadas democracias. A menudo resulta enojoso por reiterativo y naif echar las culpas del no progreso en igualdad de condiciones de otras partes del planeta al imperialismo occidental. Omitiendo que anterior o simultáneamente a este, los imperios chino o musulmán se expandieron por enormes áreas geográficas imponiendo férreos sistemas que aún padecen millones de personas. No resulta del todo conocido que el breve periodo de esplendor del mundo islámico en torno a los siglos VIII al XI d.C. fue eclipsado cuando los ulemas dispusieron que el progreso humano en las ciencias o las artes ofendía a Alá, como bien pudieron comprobar los andalusies cuando cayeron sobre ellos los rigoristas almohades y almorávides. O las tribus africanas en las que los árabes establecieron sus emporios esclavistas cuantitativamente más relevantes en el tráfico de personas y más duraderos en el tiempo.que las europeos También conviene recordar que el aislacionismo de China y Japón a partir de los siglos XIV, XV y XVI d. C. fue fruto de la decisión de sus gobernantes que no querían que su poder y privilegios pudieran verse cuestionados por los vientos de cambio que llegaban de Occidente. No resulta extraño constatar por tanto que no podamos mencionar, salvo contadas excepciones. a muchos genios de la música, las ciencias o las letras, fuera del ámbito de Europa o Norteamérica antes del siglo pasado. Y que, dentro de esas contadas excepciones, desde luego ninguna sea mujer. A estas alturas no cabe la menor duda, como los flujos migratorios demuestran, que es el modo de vida occidental el que atrae a millones de personas que no pueden disfrutarlo en sus lugares de origen. Y que son los países que han conseguido adaptar a sus particularidades los que mayores éxitos y estabilidad han conseguido en otras latitudes. Véanse los casos de Japón, Corea del Sur o Singapur en el Lejano Oriente. Libros como Dominio, de Tom Holland, son especialmente recomendables para sacudirse los estereotipos que una determinada ideología ha querido imponernos y volvernos a sentir orgullosos de una herencia de Libertad y Derecho que hay que salvaguardar y defender plantando cara en tan decisiva batalla cultural.

    • fernandojbarrero dijo:

      Estimado Eugenio,
      Antes de nada agradecerte el tiempo que has dedicado a leer mi post, y sobre todo en hacer una crítica sobre lo que he escrito, que siempre son bienvenidas, sobre todo cuando muestran desacuerdo. Pero como puedes imaginar, yo tampoco estoy de acuerdo con lo que dices, sobre todo porque no tienen ninguna relación ni con lo que cuenta la autora en el libro, ni con lo que yo escribo sobre él. Ninguno de los dos supone una crítica a Occidente, si con ello se quiere decir Europa, en su conjunto. ¿Consideramos América también Occidente? ¿Solo la del Norte, pero sin México? ¿Y Australia? ¿Y Japón? ¿Rusia? ¿Consideramos Occidente solo al G7? ¿A qué nos referimos con Occidente y Oriente?
      Dices que el cristianismo es uno de los pilares de Occidente (Europa), pero en realidad el cristianismo, al igual que el judaismo y el islam son religiones orientales, mal que te pese. Todas nacieron en lo que llamamos Oriente Próximo. Lo propio de Europa es lo que llamamos paganismo, tanto en Grecia, como en Roma, como en el norte. Es decir, que es mucho más occidental Thor, las valkirias, Juno o Afrodita que Cristo. Incluso una de las grandes patronas (o mejor dicho, matronas) de Madrid, Cibeles, es una diosa frigia, que también viene de oriente.
      Hablas de la democracia griega, es decir, ateniense, y sin duda tuvo una gran influencia en el origen de la moderna democracia, aunque poco tienen que ver una y otra. Aquella era una democracia directa, no representativa, y fue posible gracias al esclavismo imperante en Atenas. Los atenienses tenían democracia, los esclavos y extranjeros que vivían en Atenas, no. Por cierto, la mujer tampoco, ya que Atenas fue una de las sociedades más misóginas de la historia.
      Me gusta más el concepto romano de ciudadanía, que no mencionas como aportación de Europa. Roma, una de las sociedades más violentas de la antigüedad, creo el concepto de ciudadanía, que no tenía nada que ver con el lugar en donde habías nacido, ni cómo habías nacido, ni el color de la piel, ni el idioma de origen. De hecho un individuo nacido en Siria, por ejemplo, podía acceder a alguna magistratura, civil o militar, incluso podía llegar a ser Emperador, como así ocurrió.
      Por supuesto que Europa ha proporcionado al mundo muchas cosas buenas. Ni en el libro de Quinn, ni en mi reseña se dice lo contrario. Insisto, no hay ninguna crítica a Europa, ni a sus logros, que son muchos. De hecho el libro, como digo en mi comentario, abarca un periodo que llega hasta el inicio del Renacimiento, no más. Lo que dice el libro es que durante ese largo periodo, desde el inicio de las primeras sociedades humanas, en lo que hoy es Europa no ha dejado de haber interacciones, a veces pacíficas, a veces no tanto, entre gentes de muy diversa procedencia, y que son esas interacciones las que han movido la historia. Lo que se critica es que, desde el comienzo de la modernidad, y sobre todo desde el siglo XIX, la historia que se ha contado ha estado sesgada y han desaparecido de escena muchos hechos sin los cuales no se entiende realmente la historia.
      Te voy a poner un ejemplo. Dices que el cristianismo y el mundo clásico son los pilares de Europa, entiendo que también de España. Al decir esto estás obviando, y es evidente que lo haces interesadamente, los ochocientos años de Islam en la Península Ibérica (lo digo así porque también afectó al actual Portugal). Lo que nos han contado de esta parte de nuestra historia es que desde el norte de África entraron los infieles y ocuparon gran parte de la península y los buenos cristianos se refugiaron en las montañas asturianas, desde donde iniciaron la reconquista de lo que nos quitaron, hasta que les echamos. Pero lo cierto es que de toda la población musulmana que vivió en la Península Ibérica durante esos ocho siglos la mayoría no tenía una procedencia norteafricana o de oriente próximo, sino que era población de origen hispanorromana. Hablando en lenguaje de derechas podríamos decir que una mayoría de los musulmanes de Al Andalus no eran moros sino españoles. Eso ha dejado una huella muy grande en la posterior historia de España que no se puede obviar, porque se palpa en cada rincón de media España. Y lo mismo ocurrió en Sicilia, y en los Balcanes. Incluso dentro de Europa hay una muy potente capital musulmana. Tampoco hubo una conquista musulmana a sangre y fuego, sino que hubo muchos pactos, incluso matrimoniales entre las élites musulmanas y visigodas. De la misma manera que hubo esos pactos matrimoniales entre nobles árabes y princesas nórdicas.
      No se trata de ver si es mejor occidente y oriente, eso no aporta nada, al menos a los que no tenemos ningún complejo y podemos hacer autocrítica y ver las bondades del otro. Parafraseando a Thomas de Quincey uno empieza hablando del occidente sin complejos y acaba buscando buenos y malos españoles.
      Por cierto, te recomiendo fehacientemente que leas el libro, te va a gustar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *