MI CATRIONA

Tenía que hacerlo. Todos en la pandilla lo habían conseguido, mejor o peor, y yo no podía ser menos. El miedo me había dominado durante los dos últimos veranos. No iba a permitir que pasara también en este. Es cierto que estaba solo y si lo conseguía seguramente nadie me iba a creer. Pero los mayores retos son los que se plantean ante uno mismo, y eso es algo muy íntimo. Que me creyeran o no era lo de menos.

     La cuesta de la Gravera era la más empinada de todas las del pueblo. Y la más larga. Eran unos setenta metros con una pequeña curva al final, con un piso poco firme, de arena y gravilla. Con una bici un poco decente, y sin pisar los frenos, podías alcanzar los 50 km por hora al llegar a la curva. Mi bici era bastante buena. Y la leche que me di también lo fue.

     Torres del Arroyo es un pueblecito malagueño de la Serranía, a cuarenta minutos de Ronda y a una eternidad de la playa. Sí, había una piscina pública donde podías aliviar el sofocante calor que hacía en agosto. Y también había una poza natural, adonde mi padre me tenía prohibido ir porque decían que allí se había ahogado un veraneante. Yo siempre creí que era un simple bulo, un mito de esos que a fuerza de repetirlo se acaba convirtiendo en verdad. Pero el caso es que mi padre no me dejaba ir. Mi padre era militar y en 1970 eso era algo serio.  Así que, salvo alguna excursión a Estepona, el resto de agosto era pandilla, piscina y bicicleta. No era mal plan para un chaval de quince años, pero con un poco más de playa habría estado mejor.

     Me dolió. Mucho. Por un momento pensé que me había matado. También pensé que si no me había matado, mi padre se encargaría de hacerlo. Lloré. No era muy propenso a las lágrimas, no porque pensara que los hombres no deben llorar, sino porque no sentía necesidad de hacerlo. Me dolía mucho y estaba asustado. Y entonces la vi. A aquella hora y en aquel lugar perdido no debería estar. Pero estaba. Quizás por eso me resultó más irreal. Quizás por eso pensé que ya había subido al cielo y ella era el ángel que venía a recogerme. Me habló. Sin duda era la lengua de los ángeles. Oh my God¡ Are you ok? Nunca había visto nada tan bello. Mari Mar me gustaba, si. Pero eso, solo me gustaba. Ella era diferente. Podría estar mirándola toda una vida y me sabría a poco. Su pelo era rojo. Quizás tirando a naranja. Solo en el cielo es posible un pelo con ese color. Los ojos eran más difíciles de definir. Entre azul y verde, sin ser ni azul ni verde. Para un niño de quince años una mujer de veinte entra ya en territorio adulto. Ella los tenía, pero yo quería traspasar la frontera.

     Ella sonreía mientras se acercaba y me decía cosas que no entendía, aunque yo entendía lo que quería. Me imaginaba que salía de un campo de batalla, malherido. La sangre que brotaba de mi rodilla, de mi brazo y de mi nariz así lo atestiguaba. Yo era el héroe y ella mi amada que venía a consolarme, quizás a despedirse de mi ante mi pronta muerte valerosa. No hizo falta imaginarme más historias porque el resto fue real. Quizás lo único real de toda mi vida. Me ayudó a levantarme. Don’t cry kid.  Me envolvió con sus brazos y puso su mano sobre mi nuca. Sus dedos empezaron a jugar entre mi pelo. Injuries make us stronger. Sentía su pecho en mi cuerpo y sentía que la sangre me hervía, que se agolpaba en mis poros para salir a presión. You’ll be fine soon. Perdí la noción del tiempo y del espacio. Sentía calor y paz y el dolor de mis heridas no me disgustaba. La abracé con todas mis fuerzas. Con las fuerzas de un héroe. Don’t be frightened. Me separó dulcemente mientras seguía sonriendo. Sin duda era el ángel más bello del cielo y yo el muerto más afortunado de la tierra.

     Lo que pasó a continuación, hasta el día de hoy, cuarenta y dos años después, no tiene mayor interés. En los pueblos las noticias vuelan y así, aparecieron corriendo mis padres, mi hermana mayor y algunos curiosos. Estaba dispuesto a enfrentarme con mi padre, el capitán, por lo que tensé los músculos de la cara para recibir el tortazo. En lugar de eso recibí un abrazo y consuelo y con ello una gran decepción. He recorrido Inglaterra y Escocia muchas veces en su busca. Indagué en toda la Serranía, pero parece que tan solo estaba allí, de paso. O quizás solo para ayudarme a entrar en un mundo que desconocía.

    Durante esos cuarenta y dos años he abrazado a muchas mujeres para seguir adentrándome en ese mundo que un día conocí. Pero ha sido en vano. O quizás he sido un  afortunado al que le ha sido dado descubrir un misterio oculto a los demás. El caso es que ese caluroso día de agosto de 1970 me sentí un David Balfour viviendo una aventura en las Highlands, al final de la cual me encontraba con Catriona. Mi Catriona.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *