Hace cincuenta años yo tenía casi quince y estudiaba primero de BUP en el instituto Cervantes, en la plaza de Embajadores de Madrid. Yo estaba muy orgulloso de estudiar allí porque en ese centro fue profesor de francés Machado. Y yo por entonces era un auténtico fan de don Antonio. El jueves 20 de noviembre de 1975, como solía hacer todos los días de clase, bajé a la panadería de Patro a comprarme un donuts, o un pepito de chocolate, o una bayonesa, según se terciara, para hacer un tentempié en algún descanso. Pero ese día fue diferente, porque Patro, la panadera, me dijo que Franco se había muerto. Subí a casa muy contento, no porque tuviera un compromiso fuerte con el antifranquismo, sino porque ese día no iba a tener clase. Llamé por teléfono a mis amigos y quedamos para ir a jugar al tenis a la casa de campo. Habíamos comprado entre mis amigos y yo una red de tenis y todos los sábados nos íbamos a la Casa de Campo a emular que éramos Orantes o Jimmy Connors.
Por aquel entonces comenzaban a pasar por mi cabeza algunos pensamientos de tipo político, muy tenues aún, pero por lo general, lo que estaba viviendo, lo que veía y oía era la normalidad. Y ésta no era ni buena ni mala. Yo me crié en el seno de una familia trabajadora. Mi padre era camarero y mi madre ama de casa. Fueron unos padres excelentes y, aunque tuve una vida humilde, no me faltó de nada. Así que se puede decir que a mis casi quince años yo era un adolescente feliz.
Durante los primeros años de la Transición tuve mi despertar a la realidad política, y a los 16 años me afilié al SDEM (Sindicato Democrático de Enseñanza Media) y participé activamente en huelgas, manifestaciones y otro tipo de protestas por la democratización de la enseñanza en España. A comienzos del 77 en una de estas manifestaciones a las que asistí, unos ultras asesinaron a Arturo Ruiz. Al día siguiente fuimos a otra manifestación en protesta por el asesinato y la policía mató a otra chica. Algunos días después ocurrió el asesinato de los abogados laboralistas de Atocha. La transición que yo viví desde luego que no fue pacífica y modélica. Hubo mucha violencia. Recuerdo que un día mis amigos y yo (Sol, Jose, Edu y Sapo) nos colamos en un mitin de Alianza Popular (ahora Partido Popular) en la plaza de toros de Vista Alegre (mi barrio). Estaban esperando a que llegara Fraga y toda la gente coreaba al unísono, “Franco, Franco, Franco”. Yo llevaba un llavero con una ikurriña que me habían regalado mis primos vascos y eso nos delató. Nos empezaron a rodear las fuerzas del orden del partido (no muy diferentes y posiblemente las mismas que las de Fuerza Nueva o guerrilleros de Cristo Rey) y tuvimos que salir corriendo. Al cabo de unos minutos estábamos fuera de la plaza partiéndonos de risa, pero muertos de miedo.
Cuando cumplí 18 años, en 1979, mi padre me ofreció hablar con un primo suyo que era comandante del ejército de tierra para que me enchufara e hiciera la mili con él. Yo decliné amablemente la oferta, pero cuando me llegó la carta para tallarme me lo pensé de nuevo. Lo de los enchufes era algo que aún funcionaba, y mucho, por aquel entonces. Iba a estar dos años en la mili, pero al menos estaría en Madrid y podría seguir con la Universidad. Fui destinado al Cuartel General del Ejército, en Cibeles, aunque mis oficinas estaban fuera del recinto, en el Colegio Oficial de Huérfanos Militares; unas oficinas en donde había una veintena de jefes militares (de comandantes a generales), una veintena de secretarias, un capitán del que yo dependía y cuatro soldados que dependían de mi (yo era el cabo). También estaban por allí varios soldados conductores, siempre con el miedo en el cuerpo, porque por aquel entonces ETA se dedicaba a asesinar a militares a diestro y siniestro, y junto a los militares, también morían los conductores; chavales veinteañeros como yo, que estaban haciendo la mili. Un día el comandante Miró me llamó porque había un paquete sospechoso en su despacho y no sabía lo que era, así que me ordenó que lo abriera; por supuesto él antes salió del despacho. No era ninguna bomba, pero de haberlo sido me habría tocado a mí, no a él.
El 23 de febrero de 1981 como todos los días, tras mi jornada de mili, pensaba irme a la Autónoma, a mis clases de Historia, pero me enteré que un tal Tejero había tomado el Congreso; había un golpe de estado en marcha. Así que me fui a casa a esperar la llamada (yo tenía pase de pernocta); pero ésta nunca llegó. Por la mañana fui a pasar lista al cuartel general (uno de los lugares luctuosos) y el ambiente entre los suboficiales era de entusiasmo por el golpe. Salí de allí por piernas y fui a “mi oficina”. Allí el ambiente era otro. Es decir, el ambiente era el mismo que cualquier otro día, nadie comentaba nada. Todos quietos.
Cuatro meses después me licencié y seguí con mis estudios en la Universidad. Ese año, gracias a la inestimable ayuda de mi profesora de Historia del Arte, empecé a trabajar en el Museo del Prado como vigilante de sala. En los últimos meses había entrado mucha gente joven y decidimos organizarnos sindicalmente para quitar de en medio al sindicato amarillo, que aún estaba por allí, ¡seis años después de muerto Franco! Nos presentamos por CC.OO. y arrollamos. Y empezamos a hacer cosas; cosas que no gustaban a la vieja guardia. Y empezamos a recibir amenazas nada veladas. Pasé bastante miedo, pero al final acabamos ganando y firmamos el primer convenio colectivo del Museo.
Esta fue, en un vistazo rápido, mi vivencia de la Transición. Desde luego nada pacífica, nada tranquila, nada modélica. Sentí muchas resistencias, muchos obstáculos al cambio democrático. Y no, su Majestad don Juan Carlos de Borbón el generoso, no nos regaló ninguna democracia. El sucesor del dictador, de hecho, el último dictador en España (que no fue Franco sino Juan Carlos) accedió a ser rey constitucional por puro interés, ya que tenía muy claro que de no haber dicho sí a la democracia habría acabado como su abuelo (en otras palabras, si no puedo ir contra ellos, me uno a ellos). En la Transición tuvieron mucho papel Adolfo Suárez y Santiago Carrillo (que tampoco tenían un currículo muy democrático), pero por encima de todo fue la población española la que se enfrentó decididamente al franquismo, con Franco o sin él. Estudiantes, trabajadores, amas de casa, funcionarios, jubilados, antifranquistas del interior y del exterior. Todos y todas fueron los protagonistas de ese proceso e hicieron de la democracia una realidad que nadie nos regaló. Y que aún debemos defender día a día, porque, desgraciadamente el franquismo, la intolerancia y el desprecio por la democracia siguen vivos.