MITOS DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

La Historia la escriben los vencedores. Esto ha sido así siempre. La historia de la guerra del Peloponeso la escribió el militar ateniense Tucídides. La historia de la guerra de las Galias la escribió Julio Cesar. La historia de la Segunda Guerra Mundial la escribió Hollywood, y cuenta una historia edulcorada, en la que unos buenos, los americanos (ayudados un poquito por británicos) libran una heroica batalla contra los malísimos (que ciertamente lo eran) nazis y japos de forma altruista, y tiene su punto culminante en la indispensable batalla de Normandía. La cinematografía británica, sin el poder ni el glamour de Hollywood, mostraban otras acciones fundamentales de la guerra, especialmente la batalla de Inglaterra y la victoria del campechano Monty en El Alamein. Pero a poco que rascas un poco, uno se da cuenta de la enorme manipulación que supone esta narración y lo conveniente que ha sido para los vencedores.

Trataré de mostrar en estas líneas algunas de esas inconsistencias narrativas, pero antes quiero hacer una aclaración. No soy ningún profesional de la Historia, aunque sí tengo una licenciatura en la materia, con una especialización en Historia Militar. No he realizado ninguna investigación mínimamente seria sobre la Segunda Guerra Mundial (documental, oral u arqueológica), por lo que, lo que se muestra en este artículo, son meramente opiniones basadas en múltiples lecturas sobre el tema (al final incluyo una bibliografía de algunos de los libros utilizados). Mi intención no es mostrar ninguna verdad, sino evidenciar que la verdad que se ha manejado desde 1945 puede que no muestre la realidad de lo que pasó. Es decir, mi propósito es hacer dudar, para poder repensar.

La narrativa angloamericana de la guerra mundial condujo al mito de la guerra buena, en la que los aliados tienen la misión de evitar que las fuerzas del Eje implanten su siniestra e inhumana visión política, social, cultural y económica a todo el mundo. La verdad es que es fácil crear y creer esta narrativa de buenos contra malos con las acciones de los ejércitos alemanes y japoneses, los horribles asesinatos en masa cometidos y, especialmente, el genocidio provocado por la teoría de la solución final. Todo eso existió en verdad y desde luego que me alegro de la derrota del Eje. Pero no creo que las motivaciones de británicos y estadounidenses al entrar en la guerra fueran esas. Y, a estas alturas, ya son muchos los historiadores que piensan así. Nos dice el historiador británico Norman Davis: “Es una tautología afirmar que la segunda guerra mundial [sic] fue ante todo una lucha por el poder. Por supuesto que lo fue. Todas las guerras lo son. Tanto Hitler como Stalin se proponían acabar con el orden establecido […] Mussolini pensaba de un modo similar. Las potencias occidentales habían tomado la determinación de no renunciar a ese orden establecido sin luchar.” Y el también historiador británico Antony Beevor remacha con sorna: “Gran Bretaña no estaba preparándose para detener el fascismo o el antisemitismo, aunque ese aspecto moral resultara útil más tarde para la propaganda nacional”

Lo cierto es que el concepto de “guerra buena” es antitético, ya que la guerra nunca es buena, de hecho la guerra es la mayor tragedia que puede vivir una sociedad. En ella encontramos, en un todo en uno, todos los males que uno se puede imaginar: muerte, violencia, hambre, sed, enfermedades, epidemias, violaciones, masacres, indignidad, vulneración de derechos y todo lo que uno se puede imaginar. Otra cosa es que, por lo general, en las guerras hay agresores y agredidos (luego hablaremos de esto, que hay muchos espacios grises aquí) y en ese caso, el segundo tiene derecho a defenderse del primero (artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas). No existe la guerra altruista, ningún estado, país, reino, imperio, etc, ha ido nunca a la guerra para defender a otro, ningún estado cede sus recursos, humanos, naturales o económicos para ayudar a otro, salvo que haya un acuerdo o tratado que obligue a ello. Alguien que lea esto puede decir que la ONU, con sus cascos azules es una excepción, pero me temo que no estoy de acuerdo. Hay tres tipos de misiones de las Naciones Unidas: observación, mantenimiento de la paz e imposición de la paz. La primera no se puede considerar acción de guerra, pero sí la segunda, en la que los cascos azules se interponen entre dos o más contendientes, pero no pueden utilizar armas, salvo para defenderse ellos mismos, lo cual ha dado lugar a episodios ominosos, como las inacciones en Ruanda y en Srebrenica que provocaron sendas masacres a civiles. Solo ha habido dos misiones importantes de imposición de la paz. La primera dio lugar a la guerra de Corea en 1950, primer gran conflicto bélico de la Guerra Fría. El segundo la guerra de Irak, tras la invasión de Kuwait por el ejército de Sadam Hussein. A primera vista es un modelo ejemplar de intervención de Naciones Unidas para restaurar el orden internacional; prácticamente todas las naciones del mundo (con muy pocas excepciones) se unen, dirigidas por la ONU (en realidad por Estados Unidos) para aplicar el ya señalado artículo 51. Pero la pregunta que me hago es: ¿habría actuado el mundo de la misma manera si el agresor hubiera sido, por ejemplo, Uganda y el agredido Burundi? ¿No tendría algo que ver que Kuwait era productor de petróleo, Arabia Saudí estaba fuertemente amenazada y, para colmo, George Bush, el director de orquesta de toda la operación, se había hecho millonario gracias al petróleo y tenía una gran amistad con los jerarcas saudíes?. Insisto, las guerras altruistas no existen.

Lo primero que habría que preguntarse es qué es la Segunda Guerra Mundial. Algo que nos puede aclarar algo son las fechas en las que la narrativa establecida enmarca dicho conflicto. Según ésta, da comienzo exactamente el 1 de septiembre de 1939, cuando las tropas de Hitler invaden Polonia, y concluye el 2 de septiembre de 1945, con la rendición incondicional de Japón a Estados Unidos. Seis años justos. ¿Es que no hubo nada antes y después de esas fechas? Claro que hubo, y mucho, pero no interesa a la narrativa oficial, que solo tiene en cuenta aquello que, de alguna manera, afecta directamente a angloamericanos. Dos días después de esa entrada de los nazis en Polonia, Francia y Reino Unido declaran la guerra a Alemania. Tras la rendición de Japón, los aliados occidentales (véase que estoy dejando a un lado, a propósito, a rusos y chinos, cuya narrativa es otra) dejan oficialmente la guerra. Es decir, para la narrativa angloamericana solo es Segunda Guerra Mundial aquello que afecta a angloamericanos, lo cual nos lleva a una paradoja absurda, según la cual Japón entra en la Segunda Guerra Mundial al mismo tiempo que lo hace Estados Unidos (si preguntas a Google cuando entró Japón en la Segunda Guerra Mundial es exactamente lo que te responde). Lo cual deja fuera de este conflicto la invasión de Manchuria por parte de Japón en 1931 y la guerra con China iniciada en 1937, que forman parte del mismo plan de expansión nipona por Oriente y el Pacífico que llevó a la guerra de Japón con Estados Unidos, Reino Unido y Holanda. Según el ya mencionado Beevor “durante mucho tiempo, el conflicto chino-japonés ha sido la pieza que faltaba en el rompecabezas de la Segunda Guerra Mundial”. Por otra parte, la Alemania nazi también realizó otras acciones bélicas antes que en Polonia: Renania, España, Austria, Checoslovaquia. Fueron, además de acciones de guerra,  incumplimientos del Tratado de Versalles que conllevaban directamente un casus belli. Italia tampoco se queda libre de acciones bélicas “antes del comienzo la Segunda Guerra Mundial” desde 1936: Etiopía (Abisinia, único estado libre en África), España, Albania.

La narrativa dominante de la Segunda Guerra Mundial se refiere a una única guerra que enfrenta a los aliados frente a las fuerzas del Eje, cuyo teatro de operaciones abarca todo el globo terrestre. La realidad es que, desde el final de la Gran Guerra el mundo estuvo en convulsión constante, y no dejó de estarlo hasta el inicio de la guerra de Corea, que inaugura la Guerra Fría (se podría pensar, y con razón, que este otro conflicto global continúa esta gran convulsión mundial iniciada tras la Paz de Versalles, pero, para no liarnos más, vamos a poner un punto final en Corea). De hecho hay una corriente historiográfica que habla de guerra civil europea para referirse al periodo entre 1914 y 1945, como el libro que señalo en la bibliografía del historiador español Julián Casanova, y en los últimos años se han publicado algunos libros que hablan de la posguerra mundial como un periodo tan dramático y violento como la propia guerra (Keith Lowe). En palabras de Beevor: “lo cierto es que la Segunda Guerra Mundial fue claramente una amalgama de conflictos”.

En mi opinión, se desarrollan en este largo periodo que sitúo entre 1917 y 1950,  y sin solución de continuidad, cuatro tipos de conflictos. El que tuvo más peso entre 1939 y 1945 fue una auténtica lucha imperial o colonial entre cinco grandes potencias, en la que una pugnaba por no perder su status quo (Reino Unido), otras por crear el imperio siempre soñado (Alemania, Rusia y Japón) y otra por crear un nuevo tipo de imperio, más sutil, que le diera la hegemonía mundial (Estados Unidos). El segundo tipo de conflicto tiene un fuerte componente ideológico. Tras la primera gran revolución socialista, en 1917, surgió el temor entre las potencias liberales de que la revolución se extendiera por sus áreas de influencia, e incluso en su territorio. Gran parte del poder económico, financiero e industrial comenzó a coquetear con los movimientos antirrevolucionarios que iban surgiendo, lo que generó al cabo de poco tiempo la creación de tres grandes visiones del mundo: el liberalismo, el comunismo y el fascismo. La lucha de las cinco grandes potencias recoge también esta lucha ideológica, que llevó, por ejemplo, a que la Unión Soviética estuviera en los dos bandos en diferentes momentos de la guerra y que el Reino Unido recelara siempre de su aliado eslavo.

Esta lucha ideológica se trasladó a nivel intraestatal generando guerras civiles. Es lo que denomino guerras civiles ideológicas internacionalizadas, y se extendieron por gran parte del orbe, entre 1917 y 1950. Unas son claramente guerras civiles: Rusia (1917),  Finlandia (1918), Irlanda (1922), China (1927 y 1945), España (1936), Grecia (1946); otras estuvieron latentes, como la Alemania de Weimar y Hungría en 1918; y otras se solaparon con la lucha entre aliados y nazis en Europa: Italia (1943), Francia (1940), Yugoeslavia (1941). El cuarto tipo de conflictos son netamente coloniales, y suponen el intento de las potencias europeas de recuperar los territorios perdidos, especialmente ante Japón: Indonesia (1945), Indochina (1946), India/Pakistán (1947).

Una de las películas bélicas que más me ha fascinado desde que era un adolescente es Objetivo Birmania. Soy un gran fan de Errol Flynn, tanto si hace de pirata, de Robin Hood o de Capitán Nelson. Pero en su momento esta película (se estrenó en 1945) fue ciertamente polémica e incluso prohibida en Gran Bretaña por crear una imagen totalmente distorsionada del conflicto en Birmania, que fue casi exclusivamente protagonizado por fuerzas del Imperio Británico, no por fuerzas norteamericanas como da a entender la película. Cuento todo esto porque cuando leí por primera vez sobre esta polémica no entendía nada. Mi pregunta era: ¿por qué el ejército británico gasta los escasos recursos humanos y materiales que tiene, en una zona tan alejada de Gran Bretaña como es Birmania? ¿No es el objetivo fundamental de los británicos en la guerra frenar y vencer a las tropas nazis? ¿No era “Europa primero” el plan que habían pactado los aliados? ¿Realmente a los británicos les interesaba tanto Birmania?

Otro de los grandes desconciertos que tuve al ir leyendo más cosas sobre la Segunda Guerra Mundial fue el enterarme de las primeras acciones que realizó Francia tras el fin de la guerra. Tras el derrumbe de Francia en 1940 y el consiguiente alineamiento de Vichy con el Tercer Reich, el poder galo en sus colonias de Indochina fue evaporándose, hasta ser expulsados por los japoneses casi al final de la guerra. Inmediatamente después, el gobierno provisional francés dirigido por De Gaulle comenzó su plan para reconquistar Indochina, frente a los comunistas de Ho Chi Minh y los chinos (cuestión que no disgustaba ni mucho menos al Partido Comunista Francés…. ¡qué lio!). Es decir, que también Francia dedicó gran parte de sus escasos recursos, con una nación devastada, a recuperar su imperio colonial.

Pongo estos dos ejemplos para mostrar que, quizás el mayor objetivo de las naciones europeas occidentales en la Segunda Guerra Mundial, especialmente Reino Unido, era mantener intactos sus imperios coloniales, conseguidos a sangre y fuego en las cinco o seis décadas anteriores al inicio del conflicto mundial. Y esto se ve aún más claro en el desarrollo de la guerra en Europa. Francia y Reino Unido declararon la guerra a Hitler dos días después de que éste invadiera Polonia (me llama la atención que ambos países no declararan la guerra a la Unión Soviética quince días después por el mismo motivo). Entre ese día y el 10 de mayo de 1940 no hubo prácticamente guerra, salvo alguna operación bochornosa francesa en la frontera alemana sin ningún resultado, algunos incidentes en el Atlántico, y una contraofensiva británica tras la toma de Noruega y Dinamarca por los alemanes, y en la que, por primera vez, se sintieron amenazados directamente (este último hecho tuvo una consecuencia buena para Gran Bretaña, y es el nombramiento de Churchill como Primer Ministro; su liderazgo en la guerra fue muy importante para los británicos y un dolor de cabeza para Roosvelt). En la opinión pública europea, este periodo se conoció como la guerra de broma. Literalmente los polacos habían sido traicionados por franceses y británicos. Tras la caída de Francia y hasta prácticamente la invasión de Italia por los aliados, Reino Unido tuvo dos objetivos: defender la integridad de la nación (batalla de Inglaterra, batalla del Atlántico, Blitz) y mantener el imperio colonial (Norte de África, Creta, África Oriental, Oriente Próximo, India). En 1939 Reino Unido era el mayor imperio colonial del Mundo y la mayor potencia naval, así que no es de extrañar que pusiera todo su empeño en mantener esa primacía global. Y no entró en guerra hasta que no la vio realmente amenazada.

Sus amenazas principales venían de la Alemania de Hitler y del Japón imperial. Inglaterra había mantenido desde su última invasión (los normandos en 1066 en Hastings) el propósito de que no se instalara en el continente europeo ningún poder hegemónico, pero en 1940 la situación era mucho más grave: el poder no era hegemónico sino total. La Alemania nazi controlaba prácticamente todo el continente, bien de forma directa o a través de gobiernos títeres. Y su poder militar era incontestable. Pero Alemania había creado en la última década del siglo XIX el concepto de lebensraum, el espacio vital, que se afianzó desde la Gran Guerra y que Hitler, finalmente, puso en marcha; ese espacio vital se dirigía fundamentalmente hacia el este (Checoeslovaquia, Polonia, Ucrania, Báltico, Rusia, Rumanía, Hungría) y hacia el Oriente Próximo y el Asia Central. Pero este lebensraum chocaba con otras dos potencias, el ya mencionado Imperio Británico, y la Unión Soviética, que también quería crear su propio espacio vital adentrándose en Europa; de hecho, antes de ser invadida por Alemania, la Unión Soviética puso en marcha su plan invadiendo Polonia, Finlandia, los Estados Bálticos y Rumanía, hechos de los que se habla poco en cualquier narrativa de la Segunda Guerra Mundial (antes de eso, en la década de 1920 y formando parte del mismo plan de expansión, ocupó Ucrania, Bielorrusia, Azerbayán, Armenia, Georgia, Uzbequistán, Turkmenistán y Tayiquistán). Churchill estuvo a punto de declarar la guerra a Stalin por estos hechos, pero no se podía permitir estar en guerra con Alemania y Rusia a la vez. Pero antes de ser invadida por Alemania mediante la operación Barbarroja, la Unión Soviética (bien podríamos decir el Imperio Soviético) sufrió un ataque muy fuerte desde el este. En efecto, Japón pretendía sorprender a los soviéticos, embebidos en su plan hacia el oeste, para conseguir su propio “espacio vital”. El resultado fue la brutal batalla de Jaljín Gol, en mayo de 1939 que enfrentó a los ejércitos de Japón y de la Unión Soviética y en la que se alzó como gran héroe el general Zhúkov (y ya no se bajó del pódium hasta llegar a Berlín). Por cierto, esta guerra, para sorpresa de nadie, tampoco forma parte de la narrativa oficial de la Segunda Guerra Mundial, ya que no afectaba para nada ni a británicos ni a estadounidenses.

La derrota de Japón frente al Ejército Rojo hizo olvidar, al menos de momento, su plan de expansión hacia el oeste. Plan que tenía bastante lógica, puesto que, en cierta manera, se había puesto en marcha en 1931 con la conquista  de Manchuria, que pertenecía a China, y por la cual también estaba interesada la Unión Soviética (que invadió en 1945, prácticamente cuando ya se había rendido el ejército japonés a los americanos). En 1937 Japón invadió el resto de China, con la intención de ocuparla y dominarla, y en 1940 estableció su plan de la Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental, mediante el cual pretendía crear un imperio absoluto tanto en el continente asiático desde China y Corea hasta la India, pasando por el sureste asiático, como en las islas del Pacífico, incluyendo Australia. Aquí ya hemos visto que chocaba de lleno con las potencias europeas, pero sobre todo con los Estados Unidos de América.

Una vez que la antigua colonia británica consiguió conquistar el Oeste, para desgracia de sus antiguos habitantes, los sucesivos gobiernos norteamericanos continuaron desarrollando la doctrina Monroe, establecida oficialmente en 1823, y por la cual América quedaba reservada en exclusiva para los americanos. Lo que, en un principio, era una declaración anticolonialista, se fue transformando durante todo el siglo XIX en una declaración de principios imperialista. De esta manera, en 1898, aprovechando la crisis colonial de España, el gobierno norteamericano no dudó en hacerse con las últimas posesiones ultramarinas españolas: Filipinas, Guam y Puerto Rico; aunque no fue anexionada directamente, Cuba fue controlada desde entonces, y hasta la revolución de Fidel Castro, por los norteamericanos; y ya de paso, colonizaron el archipiélago de Hawái, que era un territorio libre. Estados Unidos se había convertido en una potencia colonial. Pero como no casaban bien las ideas anticolonialistas implícitas en la Constitución americana (a pesar del genocidio indio que provocaron), se inventaron el concepto de “territorio”. Tres décadas antes Estados Unidos ya estableció su primer “territorio” con la compra a la Rusia zarista de su colonia de Alaska, que no se convirtió en estado hasta 1959.

Así que, cuando Japón decidió implementar su plan de Esfera de la Coprosperidad era evidente que tarde o temprano iban a enfrentarse a los norteamericanos, y, evidentemente, estos también tenían claro que el enfrentamiento iba a tener lugar en algún momento. La opinión pública estadounidense no estaba por la labor de entrar en una guerra que no iba a afectar en absoluto la integridad de los Estados Unidos, ni contra los nazis ni contra los japoneses. No estaban dispuestos a luchar por unas colonias, y en esto diferían de la opinión de Roosvelt y su gobierno, que establecieron la estrategia de conseguir que Japón disparara primero; en este sentido el embargo norteamericano a Japón sobre el petróleo de julio de 1941, con el fin de ahogar su economía, iba en esa dirección. Por su parte, el ejército japonés veía cada vez más las ventajas de golpear primero y antes de que su potencial enemigo se armase más; su objetivo era destrozar su flota, pero también conquistar sus posesiones en el Pacífico Sur. Todo encajaba para que las dos potencias se enfrentaran por el dominio del Pacífico.

En la narrativa oficial lo que ocurrió entre el 7 y el 8 de diciembre de 1941 fue un ataque sorpresivo de Japón a la base naval norteamericana de Pearl Harbor. Es decir, Japón golpeó territorio norteamericano y mató a unos 2.500 estadounidenses, por lo que no cabía otra opción que declarar la guerra a los japoneses. La realidad es que el ataque japonés se esperaba, no fue una sorpresa, y no se limitó a Pearl Harbor, sino que fue una auténtica ofensiva con un frente muy amplio, de varios miles de kilómetros, que afectó, fundamentalmente a Filipinas, Hong Kong, Singapur, islas de Guam y Wake, así como la invasión de Malasia y Tailandia. En la declaración posterior que hizo Roosvelt en el Congreso a la Nación, omitió todo ello, o lo relegó a la letra pequeña. Solo destacó Pearl Harbor. ¿Por qué? Porque, como señalé antes, la opinión pública norteamericana no iba a aceptar como casus belli un ataque a colonias, tanto norteamericanas como europeas; pero sí que aceptaría ir a la guerra tras un ataque “infame” a los Estados Unidos. Había que ocultar los intereses coloniales.

Pocos días después del ataque, Hitler declaró la guerra a Estados Unidos, con lo que se había resuelto también el dilema de la colaboración americana con los británicos en la guerra contra los nazis. Ya antes Roosvelt había prometido a Churchill que Europa era prioritaria en la guerra. Sin embargo, cuando Eisenhower desembarcó, a regañadientes, con 100.000 soldados en el norte de África en noviembre de 1942, la marina norteamericana ya había vencido en Midway a los japoneses; y en el verano de 1943, cuando las primeras tropas aliadas entraron en Sicilia, los norteamericanos ya habían vencido en Guadalcanal, dando un vuelco a la guerra con Japón, que ya no podría conseguir sus objetivos. El 6 de junio, cuando las tropas aliadas desembarcaron en Normandía, Japón ya estaba virtualmente vencido. Europa no fue primero. Y lo cierto es que no fue una decisión de los norteamericanos, sino de Churchill. En diciembre de 1941 estaba ya claro que el Reino Unido no iba a ser invadido por los alemanes, que estaban muy ocupados invadiendo la Unión Soviética. Lo que sí que estaba en peligro era el Imperio Británico, así que para Churchill la declaración de Roosvelt de Europe First solo tenía interés para calmar a la opinión pública.

Siempre me llamó la atención que, con la que estaba cayendo en Europa, Gran Bretaña se enfrentara, primero a italianos y después a alemanes en el norte de África. Pero la explicación es clara y contundente: había que defender a toda costa Egipto, ya que, además de situarse allí el Canal de Súez, era una de las puertas más directas al petróleo de Oriente Próximo. Pero también el dominio del Mediterráneo, fundamental para controlar el comercio con Asia y África oriental. Los estadounidenses no entendían la necesidad de luchar en el norte de África y por eso, tras dudar mucho, accedieron con poco convencimiento; sin duda, preferían entrar directamente a Europa por Francia. Esta fue una de las grandes controversias entre ambos aliados. Churchill prefería que alemanes y soviéticos se desgastaran lo más posible, en definitiva, que ellos pusieran los muertos, y fue un objetivo conseguido: solo militares, sin contar civiles, Alemania tuvo más de 3 millones de bajas mortales, Japón 1,7 millones, China 2,6 millones, la Unión Soviética más de 9 millones; por su parte, Reino Unido tuvo 370.000 y Estados Unidos 174.000. Sin duda, las cifras hablan por sí solas.

Además del desgaste humano y material de alemanes y soviéticos, Churchill también pretendía, mediante pequeñas acciones rápidas y controladas, y sobre todo marítimas, controlar su desperdigado imperio. Roosvelt al final siguió el método del británico y no le fue nada mal con ello, ya que le permitió, además de centrarse en la guerra contra Japón, ir colocando bases a lo largo del mundo. De hecho, esto comenzó con la Ley de Préstamo y Arriendo de 1941 con Gran Bretaña, en la que ambos aliados trocaron material militar por bases militares y otras prebendas (la ley se extendió, más o menos con las mismas condiciones, a otros aliados, como la Unión Soviética, China y la Francia Libre). Al final de la guerra el Imperio Británico comenzó a tambalearse, mientras que Estados Unidos estaba presente, militar y comercialmente, en todo el mundo. Reino Unido terminó de pagar su deuda económica contraída con Estados Unidos en diciembre de 2006. La ayuda al aliado británico no fue altruista.

La Segunda Guerra Mundial tampoco fue un conflicto que enfrentara durante todo su desarrollo a los mismos contendientes. Fue una guerra enormemente dinámica y cambiante. El caso más evidente, del cual ya hemos hablado, es el de la Unión Soviética. Soviéticos y nazis eran por naturaleza enemigos irreconciliables, pero contra toda lógica, con grandes dosis de realismo político, y enorme habilidad de Hitler, ambos enemigos firmaron el pacto de no agresión a finales de agosto de 1939, en el que sellaron, entre otras cosas, un reparto de Polonia, a la que comenzaron a invadir pocos días después. La inacción de Francia e Inglaterra animó a Stalin a invadir Finlandia, mientras proveía de recursos minerales, energéticos y agrarios a la Alemania nazi, y Stalin mantuvo esta ayuda prácticamente gratuita a Hitler hasta el mismo día del inicio de la operación Barbarroja. Stalin realmente no se esperaba, o no se quería creer, que su aliado Hitler le invadiera…tan pronto, por eso su afán de apaciguarlo, especialmente a partir de la rápida victoria de los alemanes ante Francia y Gran Bretaña. Pero una vez invadido no dudó en hacerse la víctima y buscar la alianza con Churchill, que, a pesar de su fuerte anticomunismo, aceptó, por propio interés. De agresor, pasó a agredido.

No fue la primera vez, ni fue la última. Polonia fue agredida por Alemania y la Unión Soviética en septiembre de 1939, pero no dudó un año antes en agredir a Checoeslovaquia para conquistar la región de Zaolzie, al mismo tiempo que Alemania ocupaba los Sudetes. Polonia pasó de agresora al lado de Alemania, a agredida por Alemania. Francia, la gran rival de Alemania en Europa antes de 1940 (llevaban siendo grandes rivales, por ser las dos potencias más importantes de Europa continental, desde los tiempos de Napoleón, pasando por la gran guerra franco prusiana de 1870 y por la Primera Guerra Mundial). Tras el blitzkrieg sobre Europa Occidental, Francia se rindió a Hitler y se convirtió en aliada del Eje, enfrentándose en diversas ocasiones a las tropas aliadas angloamericanas. Tras la caída de Mussolini en 1943, el ejército italiano que había sido aliado de los nazis, se enfrentó, junto a las tropas aliadas frente a los alemanes. Aunque no beligerante, la España de Franco se situó desde el comienzo junto con sus amigos Hitler y Mussolini, incluso envió, en las condiciones tan lamentables en que se encontraba España, una división a la Unión Soviética para combatir junto a los nazis. Sin embargo, cuando las tornas comenzaron a cambiar, el camaleónico Franco comenzó a arrimarse a Eisenhower.

Pero lo más sorprendente es el cambio de los aliados frente a los alemanes. Desde 1941 Stalin empezó a reclamar a su nuevo aliado Churchill la apertura de un segundo frente en Europa Occidental para aliviar el peso de la potente Wehrmacht sobre sus ejércitos en Rusia. Ya vimos como el premier británico se iba haciendo el loco con este tema, arrastrando a los norteamericanos por la senda de la ofensiva periférica y bombardeos estratégicos sobre Alemania. Incluso el por entonces senador Harry S. Truman declaraba al New York Times dos días antes de iniciarse la operación Barbarroja: “Si vemos que Alemania está ganando, ayudaremos a Rusia y si Rusia está ganando, ayudaremos a Alemania, de forma que ambos bandos se desgasten lo más posible”. Hasta que llegó un momento en que los soviéticos estaban teniendo tanto éxito que se colocaron a un tiro de piedra de Alemania. El peligro en este caso es que los soviéticos, no solo llegaran antes a Berlín que los aliados angloamericanos, sino que fueran más allá y llegaran hasta el Atlántico, controlando la totalidad de Europa, que podría convertirse en una extensión comunista inaceptable. Así que, de repente, todas las adversidades y problemas para invadir Francia desaparecieron y se puso en marcha la operación Overlord. La de Francia fue una batalla contra reloj para no llegar tarde a Berlín. La Alemania nazi ya había sido derrotada incluso antes del 6 de junio, ahora lo que primaba entre todos los contendientes era cómo iba a ser el mundo tras la guerra, con lo que, ya antes del suicidio de Hitler, la Guerra Fría estaba apareciendo. Tanto es así que a los angloamericanos se les pasó por la cabeza alcanzar la paz con Alemania y utilizar sus divisiones, unidas a las fuerzas de los aliados, para arremeter contra la Unión Soviética (Operación Impensable pergeñada por Winston Churchill, y finalmente rechazada). Stalin no se quedaba atrás, y si tardó en entrar en Berlín (podía haberlo hecho mucho antes) fue porque se ocupó antes de controlar toda la Europa del Este como un hecho consumado (no nos engañemos, antes lo habían hecho los americanos con Italia). 

Todo esto nos muestra que la Segunda Guerra Mundial no fue una confrontación entre democracia y barbarie. Fue una guerra de intereses, como son todas las guerras, en la que todos los contendientes cometieron atrocidades, aunque ninguna sobrepasa la que cometieron los nazis contra la población judía. Voy a decir algo que podría herir algunos sentimientos, y pido disculpas por ello, pero creo que es una realidad: el Holocausto encajó muy bien en el relato de la guerra buena, porque ante el mayor genocidio que ha vivido la historia de la humanidad todo lo demás queda relativizado, todo parece menos malo, o incluso puede aparecer como bueno, como es el caso de una guerra. Es más, el horror de los campos de concentración consiguió ocultar el antijudaismo de los otros, de los que no fueron nazis (hablo de antijudaismo y no de antisemitismo porque en puridad no son la misma cosa; no hay pueblos semitas, sino pueblos que hablan lenguas semíticas, como el hebreo, el árabe, el arameo, el fenicio y otras más). El antijudaismo es un hecho histórico que se remonta a la antigüedad, que se desarrolló en la Edad Media (por ejemplo la expulsión de los judíos decretada por la reina católica Isabel I en 1492) y que tuvo un punto álgido varias décadas antes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial, y no fue un fenómeno centrado en Alemania. Desde el siglo XIX tuvieron lugar diferentes pogromos en la Rusia zarista, pero también tras 1905; también en Francia hubo entre los siglos XIX y comienzos del XX un resurgir del antijudaismo, que se hizo bochornosamente público durante el affaire Dreyfus. Presionado por la comunidad judía norteamericana el presidente Roosevelt convocó una conferencia entre el 6 y el 15 de julio de 1938, celebrada en la localidad francesa de Evian, para tratar el asunto de la emigración judía alemana provocada por las acciones nazis. A los países participantes en la conferencia les preocupaba el hecho de la migración judía, no tanto el sufrimiento judío en la Alemania nazi, y, de hecho, las cuotas de inmigrantes judíos que aceptaron los países conferenciantes fueron realmente pequeñas, incluso en Estados Unidos. La escritora Vivian Forrester, en su ensayo El crimen occidental nos cuenta: “Australia, olvidando alegremente a sus aborígenes y el trato que se les había infligido, declaró que nunca había experimentado ningún problema racial y que quería evitar crear uno. Y fue ese país el que, inmediatamente después de la guerra, hizo publicar en la prensa internacional anuncios en los que solicitaba encarecidamente que fuesen a poblar sus territorios habitados”; pura hipocresía. Tras la guerra, tras descubrir, con más asco que horror los campos de exterminio, las potencias aliadas no estuvieron a la altura de las circunstancias. Es más, los soviéticos ya tenían práctica con los campos de concentración en su propia tierra, aunque nunca llegaron al nivel de horror de los campos nazis. Al igual que ocurriera en Evian en 1938, tras la guerra los países occidentales negaron la entrada a la mayoría de los más de 300.000 judíos que se vieron obligados a emigrar, a salir de sus países; Truman solo admitió la entrada en Estados Unidos a 12.849, según los datos de Keith Lowe. La solidaridad del gobierno de Estados Unidos hacia los judíos iba más en la idea de la emigración a Palestina, al igual que la Unión Soviética y otros estados. La cuestión no es que los judíos supervivientes víctimas del odio nazi quisieran emigrar a otros países; estos querían, deseaban volver a sus hogares, pero cuando lo intentaron siguieron encontrando odio en aquellos que habían sido enemigos de los nazis. Algunos se encontraron con que sus casas y posesiones en Centroeuropa habían sido arrebatadas por sus vecinos, que no estaban en disposición de devolverlas. Gran parte de los supervivientes de los campos de exterminio pasaron directamente a campos de “desplazados” gestionados por sus supuestos libertadores, como el campo de Bergen Belsen, que fue antes, y sin solución de continuidad, campo de concentración nazi. Otros muchos, volvieron a sufrir la violencia en sus carnes y corazones, como por ejemplo en Polonia, durante el pogromo de Kielce, donde al menos 500 judíos fueron asesinados por sus compatriotas polacos. No, definitivamente la guerra buena no se había hecho para ayudar a los judíos víctimas del nazismo. Hitler y la maquinaria nazi crearon uno de los más grandes monstruos de todos los tiempos. Y ante el monstruo es fácil convertirse en un héroe, en un salvador, en un hombre bueno. Seguramente sin el aniquilamiento sistemático de seis millones de judíos y otras minorías sería más complicado justificar el calificativo de buena para esta guerra.

Por otra parte, el ejército aliado no se comportó de forma especialmente humanitaria durante la guerra (ningún ejército lo hizo). Desde luego lo más impactante y lo que ha generado más debate son los bombardeos estratégicos, especialmente los dos últimos sobre Hiroshima y Nagasaki. Pero también están atestiguados un número bastante elevados de actos violentos injustificables, tanto sobre el ejército enemigo (ejecuciones sumarias, torturas, etc) como sobre la población civil, no solo sobre la alemana, sino también francesa, holandesa o en extremo oriente (fundamentalmente en forma de violaciones contra mujeres, aunque no solo). Durante el bombardeo llevado a cabo por los aliados previo al desembarco en Normandía murieron más de 2.000 civiles franceses, prácticamente el mismo número de soldados norteamericanos fallecidos en combate en esta acción; es un pequeño ejemplo de lo que significó para la población civil, especialmente en Europa y Asia la guerra, donde murieron cuatro veces más civiles que militares. Y no fueron “daños colaterales”, sino que, en la mayoría de los casos, eran objetivos militares declarados. Desde prácticamente el final de la guerra fueron públicas las atrocidades sobre civiles provocadas por militares alemanes y japoneses, pero los datos sobre las cometidas por los soviéticos no fueron aireadas hasta la caída de la Unión Soviética, y todavía se tardó más en hablar de los bombardeos aliados sobre Alemania, especialmente al final de la guerra. Es más, muchos historiadores opinan que, tanto el bombardeo sobre Dresde, como las bombas atómicas sobre Hirosima y Nagasaki, estaban dirigidos a Stalin, aunque las decenas de miles de muertos fueron civiles inocentes alemanes y japoneses. Como dice Norman Davis: “El hecho es que ni las instituciones estadounidenses ni las británicas pueden jactarse de un historial de imparcialidad sin mácula. Al igual que los órganos soviéticos, han mantenido la ficción de que todos los crímenes de guerra los cometió el enemigo”.

Para realizar este artículo me he basado en algunos de los libros que sobre el tema tengo en mi biblioteca personal, por ello es muy posible que haya obviado algún libro importante. Pero, en conjunto, creo que es un buen material, al menos para iniciarse en la historia de lo que se ha venido llamando desde siempre, Segunda Guerra Mundial. A continuación os indico los títulos de los libros con sus autores, y un breve comentario.

Si tuviera que quedarme con un solo libro sobre este asunto, sin duda escogería el escrito por el historiador británico Antony Beevor, La Segunda Guerra Mundial, una historia total del conflicto, que rompe de forma absoluta con la narrativa tradicional, sobre todo por ser uno de los primeros historiadores que pudieron utilizar los archivos soviéticos abiertos tras el derrumbe de la URSS, aportando nuevos datos y una nueva perspectiva, y a la vez muy ameno. Otro título también rompedor es Europa en guerra 1939-1945, del también británico Norman Davis, que lleva el sugerente subtítulo de ¿Quién ganó realmente la segunda guerra mundial?, que, aunque se centra solo en el teatro de operaciones europeo y ceñido a las fechas tradicionales, pone en entredicho la bondad de la guerra por parte de los aliados, basándose especialmente en los mismos archivos soviéticos abiertos en 1991. Posiblemente el último libro publicado en España sobre el tema (este año 2026), al menos desde una perspectiva amplia, es Tierra quemada. Una historia global de la Segunda Guerra Mundial, del profesor de Columbia Paul Thomas Chamberlin, que plantea una visión absolutamente novedosa del conflicto como una lucha colonial por el poder mundial, en donde todos los contendientes tienen intereses globales; a pesar de sus más de 600 páginas se lee de un tirón por lo ameno y bien escrito que está.

Dos obras que mantienen la narración de “guerra buena”, pero que en mi opinión son indispensables, son la del catedrático británico Richard Overy, uno de los mayores especialistas sobre esta guerra, con el tan poco disimulado título Por qué ganaron los aliados, y la de los norteamericanos Willianson Murray y Allan R. Millet, con el también explícito título La guerra que había que ganar, un estudio netamente militar del conflicto, con datos muy interesantes. Con una visión periodística, basado en numerosas entrevistas a testigos y supervivientes del conflicto, Laurence Rees aporta en su libro A puerta cerrada. Historia oculta de la Segunda Guerra Mundial nuevos datos relevantes que dan una nueva perspectiva de la guerra. Julián Casanova, catedrático de Historia en la Universidad de Zaragoza, y uno de los grandes historiadores españoles de la actualidad propone en Europa contra Europa 1914-1945 una visión de la guerra como un conflicto civil e ideológico manifestado de forma nacional y también global sin solución de continuidad entre las dos guerras mundiales. Imprescindible también es el clásico de Studs Terkel, La guerra “buena”, título con una gran carga sarcástica, por el que este periodista consiguió el Premio Pulitzer en 1985, y basado en 120 entrevistas realizadas a diferentes protagonistas de la Segunda Guerra Mundial.

Un libro muy interesante escrito por los historiadores españoles Javier Rodrigo y David Alegre, es Comunidades rotas, en donde analizan todas las guerras civiles ocurridas en el mundo entre 1917 y 2017, incluyendo por lo tanto todas las desarrolladas en el periodo que analizamos. Dos libros que me marcaron mucho cuando los leí son los del historiador londinense Keith Lowe, que tratan del periodo posterior a 1945; el primero Continente salvaje, habla de la postguerra propiamente dicha, un periodo en el que para nada ha desaparecido la violencia salvaje del mundo; el segundo, El miedo y la libertad. Cómo nos cambió la Segunda Guerra Mundial, nos revela las consecuencias que este conflicto tuvo en todo el mundo durante la segunda mitad del siglo XX; dos libros imprescindibles para entender por qué el mundo de hoy es como es. Y, como colofón, he querido dejar un libro al que tengo mucho aprecio, a pesar de que, en muchos aspectos ha quedado ya un tanto desfasado; se trata de la Historia de la Segunda Guerra Mundial de Basil Liddell Hart, quien, además de un gran historiador, luchó como oficial en la Gran Guerra, desarrolló la estrategia de combate acorazado, que utilizaron los militares alemanes para desarrollar su Blitzkrieg, y fue asesor el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial; el libro que escribió sobre ella se publicó en 1970, y se basa, además de en su experiencia personal y sus grandes conocimientos, en múltiples entrevistas que realizó a jefes y oficiales de la Wehrmacht tras 1945.

Y un último apunte. Lo que aquí he contado no es más que una parte de toda la brutalidad, catástrofe e inhumanidad que produjo la llamada Segunda Guerra Mundial; los libros que he señalado cuentan mucho más y hay otros libros que incrementan la información, y, aun así, todavía faltan archivos, documentos y narraciones orales (por desgracia y por naturaleza, ya muy pocas por descubrir) que mostrarán todavía más horrores. Como dije al comienzo la guerra es la peor de las desgracias que puede sufrir la humanidad, y la Segunda Guerra Mundial sin duda fue la peor de toda la Historia. No hay nada bueno en ella, y considero que es una indignidad para todas las personas que la sufrieron pensar en una posible bondad en esta guerra. Y es responsabilidad de todos los que estamos aquí no volver a vivir ese horror.

Esta entrada fue publicada en HISTORIA y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *