Hoy quiero escribir sobre una de las artes más complejas, pero también más importantes con las que todas y todos nos vamos a encontrar, si tenemos algo de suerte: el arte de envejecer. Y lo voy a hacer apoyándome en el último libro que me he leído, La revolución de la edad o el día que Brad Pitt cumplió sesenta años, escrito por Juan Carlos Pérez Jiménez y editado por Plaza y Valdés, un breve estudio (157 páginas que se leen en un pis pas) en el que el autor disecciona desde diversas disciplinas este espinoso asunto que cada vez parece estar más oculto.
Dice Juan Carlos Pérez que el edadismo es, junto con el racismo y el feminismo, uno de los grandes retos a los que se enfrentan las sociedades de este siglo, que ya ha cubierto un cuarto de su trayectoria (¡cómo pasa el tiempo!). De lo que se trata fundamentalmente es de que en unos tiempos en los que la esperanza de vida ha alcanzado cotas inimaginables hace pocas décadas, la sociedad (fundamentalmente la occidental) no sabe qué hacer con tanta gente mayor. La llegada a los 60 de la generación boomer (más o menos entre 1957 y 1975 se produjo en España, y en gran parte de occidente, el mayor boom de natalidad de la historia, vaya campeones de padres que tuvimos) está provocando un ensanchamiento grande de la pirámide demográfica en lo alto, lo que va a suponer que en España y en otros lugares, las personas mayores de 60 años vamos a dominar el espectro social, por número, pero seguramente también por capacidad adquisitiva. Esto traducido al lenguaje capitalista significa que vamos a ser el no va más de los consumidores.
¿Y qué es lo que el mercado nos ofrece? Por supuesto salud, que es lo que se supone que más nos interesa, vamos, que nos va la vida en ello. Es decir: cremas de todo tipo, suplementos alimenticios, gym, cirugía estética. ¿Salud? Nada de eso. Todos los medios que hagan falta para ocultar nuestra edad. Cuando veo a Tom Cruise en Misión imposible me digo, ves capullo, este tiene tu edad, así que tienes que ser como él. O puede que no, es una opción. Nuestro autor viene a nuestro rescate para decirnos que eso no tiene por qué ser así, que es mejor que asumamos nuestra edad, con todas las consecuencias. Y no hace falta abandonarse y vestirse de negro (¿os acordáis de cuando éramos niños? ¿Recordáis alguna señora de 60 años no vestida de negro, abandonada al abuelismo? ¿O a algún señor de esa edad con vaqueros?). No se trata de echarse a un lado para no molestar, para que no nos vean. Tenemos mucha vida por delante, y muchos deseos de vivirla, en toda su plenitud, sin pensar en el pasado, sino metidos de lleno en la época en que vivimos (me encanta que mi hija me actualice conversando con ella), pero desde la edad que tenemos, no creyendo que tenemos aún 20 años. No tenemos nada que esconder.
El resumen de lo que Juan Carlos Pérez nos quiere transmitir lo encontramos en el último párrafo de su libro, a modo de resumen: “La clave para combatir el edadismo y afrontar el día de mañana de la mejor manera posible consistirá sin duda en vivir sin moderación hasta el final, atreviéndonos a satisfacer el deseo y la curiosidad, poniendo en juego todo nuestro potencial, sintiendo que vivimos en nuestro tiempo hasta el último minuto”. Un libro necesario para todos aquellos que ya hemos pasado los sesenta y para los que están cerca de cumplirlos.