LA INMIGRACIÓN NO ES UN PROBLEMA

Reconozco que no es nada fácil tratar un asunto como este. Cuando me ocurre esto, tratar de entender un fenómeno espinoso y complejo,  lo que hago es ir al concepto; me pregunto de qué estoy hablando exactamente para no pensar en otra cosa diferente que me lleve por el camino equivocado. Y lo primero que veo en este caso es que siempre se habla de inmigración, y muy pocas veces de emigración, cuando es el mismo fenómeno, pero visto desde diferentes posiciones. Se habla de las personas que llegan, pero no de las que se van.

La migración no es un derecho, sino que es una necesidad vital, como el respirar, el beber, el dormir, que no se circunscribe solo al género humano, sino que es generalizado a todos los seres vivos, incluidas las plantas, que también emigran. Se produce cuando las condiciones del entorno en el que se está asentado no son aptas para poder vivir, o al menos para vivir de una forma mínimamente digna. Por eso la migración (con “e” o con “in” delante) no es un problema, sino una necesidad vital. Pero sí que es cierto que en el desarrollo del proceso migratorio se generan problemas, que es algo muy diferente, y viéndolo así, la solución a estas cuestiones no viene por pretender abolir la inmigración, sino por afrontar y tratar de solucionar los problemas que genera. Yo creo que es fácil de entender, si uno quiere.

Desde mi punto de vista, se generan estos problemas en tres fases. La primera se produce en la emigración (con “e”) y a mí me parece la más dolorosa. La persona que se convierte en emigrante se ve obligada a dejar su hogar, su familia, sus amigos, su idioma, su forma de vida. Es una decisión que no es fácil. No se trata de un Erasmus para vivir otras experiencias, o de alguien que quiere “ver mundo” o vivir de otra manera; estas son decisiones que toman personas individuales y que tienen un mayor abanico de posibilidades para elegir, y las toman con muchas garantías. El emigrante no tiene ese abanico, es un fenómeno social que afecta a un sector importante de la población de un país, y es ahí donde radica otro problema, ya que la mayoría de los emigrantes son gente joven, muchos bien preparados en oficios o estudios, que representan el futuro del país, por lo que el futuro se va de ese país.

La segunda fase es la más trágica en demasiadas ocasiones. Hay una inmigración regulada, que se canaliza por vías seguras para las personas migrantes. Pero también hay una inmigración ilegal, al margen de los canales oficiales que es en donde se centra la inmensa mayoría de episodios trágicos (para las personas migrantes). El número de inmigrantes ilegales que entran en España cada año es muy inferior al de los que sí entran de forma legal.

Y ahora la tercera fase, la que parece que importa más, al menos a algunos. Cuando el inmigrante llega a su nuevo país de acogida (a que suena mejor esta forma de decirlo) se encuentra con un problema fundamental, es un extraño. Nuevo entorno, nueva forma de vida, posiblemente un idioma diferente, nuevos ritmos, nueva climatología, pero sobre todo va a sentir rechazo por la gente que le “acoge”. El principal problema que genera la inmigración es la repulsa que muestra una parte (afortunadamente minoritaria) de la población autóctona. Muchas veces, provocado por este rechazo, se produce una marginalización de un sector de esta población inmigrante, entre los que se incluyen principalmente los no regularizados, los que entran en España de forma ilegal o permanecen de forma ilegal, aunque hayan entrado de forma legal. Y es aquí donde se forma otro problema y es el aprovechamiento de esta situación por algunos empresarios (afortunadamente minoritarios) para crear y mantener un sistema laboral de semiesclavitud, explotando a personas absolutamente desamparadas, sin ninguna protección. Y todo esto crea otro nuevo problema, y es la creación de guetos (palabra que debería haber desaparecido de nuestra cotidianeidad hace mucho tiempo) que imposibilitan la integración de esta población que llega a nuestro país. Y la no integración, la explotación, la marginalización son caminos que llevan directamente al conflicto social, muchas veces violento.

No voy a entrar ahora en los beneficios que genera a la sociedad española la llegada de población joven, con savia nueva y con muchas ganas de trabajar y salir adelante (impulso económico, rejuvenecimiento de la pirámide demográfica…), porque es muy evidente y se ha hablado ya largo y tendido, pero es chocante que hasta ahora todos los problemas que han salido en este texto van en contra del migrante, no de la población autóctona. ¿Cuál es ese problema que se está mencionando por los voceros amenazadores en las redes sociales en estos días? Que los inmigrantes están acabando con nuestra cultura, con nuestra forma de vida y hasta con nuestra forma de pensar. Que tenemos derecho a mantener nuestra españolidad.

Yo vivo en Carabanchel, un barrio obrero con una gran concentración de personas que en algún momento de las últimas décadas llegaron como inmigrantes. A algunos, a muchos, les conozco desde hace años. Muchos años. Incluso es posible que algunos sean ya españoles. Es el jardinero, de origen marroquí, que todos los días me regala una sonrisa cuando me ve. Es la costurera, de origen chino, que, aunque le cuesta hablar español me abrazó cuando se enteró de que mi mujer había fallecido. Es el que me lava el coche, de origen caribeño, que siempre me pone un ambientador cuando termina. Es el que me hace las obras en casa, de origen polaco, que trabaja mejor que nadie. De un total de 20 familias que viven en mi edificio la mitad no tiene origen español, y no podría tener mejores vecinos. No quiero otros. Incluso en el edificio de al lado de donde yo vivo, viven familias gitanas de asentamiento, y suelo hablar con ellos, especialmente con el patriarca que es de mi edad. No me siento incómodo en mi barrio y ninguna de estas familias inmigrantes me han hecho cambiar mi forma de vida.

He vivido en mi barrio toda mi vida y ciertamente las cosas han cambiado mucho en este tiempo. Por ejemplo, hasta hace unos años en el barrio podías comprar de todo, desde un mueble hasta un tornillo. Había muchas tiendas de ropa, zapaterías, mercerías, un mercado, bodegas, restaurantes, bares, tiendas de música, librerías, papelerías, etc. Pero fueron desapareciendo. Era un estilo de vida, una forma de vivir el barrio. ¿Fueron los inmigrantes? En absoluto. Fue la ley del mercado, impulsada por las decisiones del gobierno de la Comunidad de Madrid de Esperanza Aguirre, que permitió abrir los comercios todos los domingos del año para favorecer a las grandes empresas de distribución. A los Carrefour, los Alcampo…Desde hace unos años el barrio está volviendo a resurgir, y en una parte importante es gracias a la población inmigrante. Están ayudando a mantener nuestra forma de vida.

¿Son todos los inmigrantes unas bellas personas, todo lo que hacen está bien? En absoluto. Hay gente de todo tipo, simpática y antipática, limpia y sucia, amable y grosera, lista y tonta, fea y guapa. Hay inmigrantes que hacen cosas malas, criminales. También hay españoles que hacen cosas malas, criminales. Y más o menos en la misma proporción. Y son diferentes, claro, pero, ¿quién no lo es? Se está hablando de que tienen culturas diferentes, pero nosotros, los españoles, estamos fabricados a base de todo un puzzle de culturas diferentes. De hecho un gaditano se parece más a un tangerino que a un asturiano. Lo importante no es que mantengamos nuestra cultura intacta, inamovible (estaríamos en la edad de piedra si no hubiéramos tenido contacto con otras culturas). Lo que es absolutamente necesario es que toda la población que vive en España, autóctonos e inmigrantes, cumpla con la ley española. Es lo único necesario.

¿Soluciones para resolver los problemas que generan los movimientos migratorios? Lo primero, ayudar a crear las condiciones para que la gente no se vea obligada a emigrar, mediante el trasvase de recursos del que más tiene al que menos tiene, tanto personas, corporaciones, como estados. Lo segundo, favorecer la creación de canales legales y seguros para que los emigrantes puedan llegar a su destino sin poner en riesgo su vida. Esto pasa también por acabar con las mafias que explotan y comercian con personas. Y lo tercero, favorecer la integración de los inmigrantes para, entre otras cosas, evitar la marginalización, la explotación y el conflicto social.

¿Por qué la inmigración es un problema para una parte (afortunadamente minoritaria) de los españoles? Hay dos componentes: la intencionalidad de grupos políticos, económicos e ideológicos que ansían obtener o mantener el poder, y la creación y utilización por parte de estos grupos de sectores proclives a la violencia de los que se sirven como arma para generar un estado de crisis. No es nuevo, se viene haciendo así desde el comienzo de la historia. Crear un problema para generar un nosotros que pueda actuar como herramienta para alcanzar los objetivos que se marca ese grupo.

Tal y como escribí al comienzo de este texto, la inmigración no es un problema, el odio y la mentira sí.

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2 respuestas a LA INMIGRACIÓN NO ES UN PROBLEMA

  1. Miguel Ángel Barrero Pérez dijo:

    Impecable Fernando, suscribo todas tus palabras, las migraciones son una fuente de enriquecimiento para el migrante y para el país receptor. Los problemas que se generan son solucuionables con un poco de empatía y ganas de crecer como ser humano. Enhorabuena.

    • fernandojbarrero dijo:

      Muchas gracias Miguel Ángel, ciertamente las mentiras que tanto abundan en estos tiempos, solo se pueden combatir contando la verdad. Y aun así, es difícil acabar con ella y con sus efectos. Un abrazo

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