LO DE GAZA NO COMENZÓ CON LO DE HAMAS

Hace algo más de un siglo, cuando ni siquiera había comenzado la Segunda Guerra Mundial y, por tanto,  tampoco había ocurrido el Holocausto, un intelectual judío de origen ucraniano, Zeeb Jabotinsky, escribió un documento, un artículo periodístico, transcendental e imprescindible para comprender el conflicto palestino-israelí. El artículo, titulado El muro de hierro. Nosotros y los árabes hace un relato absolutamente desapasionado (indiferencia educada dice nuestro autor que le provocan los árabes) del conflicto, que ya existía en 1923 y plantea soluciones prácticas para resolverlo. Hay que decir antes de nada que Jabotinsky generó, tras la Primera Guerra Mundial, una escisión del movimiento sionista (cuyos orígenes se remontan al final del siglo XIX) para crear lo que autodenominaba sionismo revisionista, base ideológica del partido Likud que lidera el actual Primer Ministro israelí Benjamin Netanyahu. También conviene decir que el artículo El muro de hierro se puede encontrar en la web sin ningún problema. Te animo a leerlo entero, no es muy largo.

En el artículo, Jabotinsky habla sin ningún tapujo de colonización judía de la tierra palestina, de que su objetivo es crear una clara y contundente mayoría judía en ese territorio (Eretz Israel), que los “nativos”, refiriéndose a los palestinos, no son tontos, no se van a dejar engañar y van a imponer una férrea resistencia, y que lo único que pueden y deben hacer los judíos es crear un muro de hierro que haga insoportable la vida a los palestinos hasta que se rindan. Lo dice tal cual:

no hay la más ligera esperanza de obtener alguna vez el acuerdo con los árabes de la Tierra de Israel para hacer de Palestina un país con una mayoría judía”.

“La colonización solo puede tener un objetivo. Para los árabes palestinos ese objetivo es inadmisible. Esta es la naturaleza de las cosas. Cambiar esa naturaleza es imposible”

“La colonización sionista, incluso la más restricta debe darse por concluida o pasar por encima de la población nativa. Esta colonización puede, por consiguiente, continuar y desarrollarse solo bajo la protección de una fuerza independiente de la población local –un muro de hierro que la población nativa no pueda romper”

Este proyecto del muro de hierro fue asumido, de una forma u otra, por todo el sionismo, incluido el laborista y se pudo poner en práctica por primera vez tras la aprobación del plan de partición de la ONU de 1947, plan que no había sido consultado con los palestinos y que estos lo habían rechazado, lógicamente (entre otras cosas daba más territorio a los judíos, siendo minoría).  Tras la salida de los británicos de Palestina las dos partes entraron en guerra. Los judíos estaban bien organizados y armados, mientras que en la parte árabe el único ejército digno de tal nombre era la Legión Árabe jordana, creada, financiada y dirigida por oficiales británicos, pero que tenían como principal objetivo hacerse con la Cisjordania, así que de poco le sirvió a la población palestina. Los egipcios controlaron la franja de Gaza, mientras que los judíos incrementaban aún más el territorio. La forma en la que consiguieron ampliar su espacio fue a través de un proceso de limpieza étnica que provocó la expulsión de 700.000 palestinos de sus hogares, mediante la violencia y coacción (nadie se va de su casa libremente para que la ocupe otro). Este es el proceso que los palestinos denominan Nakba, y que dio origen al problema de los refugiados, que aún continúa.

Desde entonces la situación ha ido empeorando para los palestinos: guerra de los Seis Días que permitió a Israel ampliar sustancialmente su territorio de nuevo, creando nuevos desplazamientos y refugiados; la creación de emplazamientos de colonos ultraortodoxos en territorios palestinos de Cisjordania y Jerusalén Este, que ha creado bantustanes o guetos en toda la extensión de Cisjordania, haciendo la vida imposible a su población, sin poder trasladarse de un lugar a otro; el cierre y bloqueo de Gaza, desde muchos años antes del ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023, creando la mayor cárcel a cielo abierto de toda la historia; el engaño del proceso de Oslo, donde Israel obtuvo el reconocimiento oficial por parte de la OLP y el fin de la violencia, mientras obtenía, en realidad, el control efectivo, y legal, de prácticamente la totalidad de Gaza y de Cisjordania, sin encargarse de su población, que pasaba a manos de la Autoridad Palestina, financiada fundamentalmente por Europa, un auténtico chollo.

El punto final, y lo digo con toda la intención, es la situación que están viviendo ahora mismo los palestinos, no solo en Gaza, sino también en Cisjordania. El ataque de Hamas del 7 de octubre fue un crimen de lesa humanidad, absolutamente imperdonable y que inhibe al grupo terrorista para representar al pueblo palestino y lo único decente que podrían hacer sería entregar a los rehenes que aún están en su poder, entregar las armas y entregarse a la justicia. No hay nada más que puedan hacer, salvo pedir perdón, arrepentirse. No sé qué nivel de aceptación tenía Hamás entre la población de Gaza antes de los ataques, pero no creo que fuera mayoritaria, y tras los ataques genocidas de Israel, dudo mucho que a la población le haga mucho entusiasmo Hamas, aunque mucho menos lo tendrán de Israel. Les basta con poder sobrevivir un día más. Pero tengo también claro que el genocidio que está llevando a cabo Israel no parte del ataque del 7 de octubre, sino que se ha venido gestando en los últimos 100 años. La situación de la población palestina en Gaza ya era inhumana antes del 7 de octubre, era insostenible y desde luego era un hervidero a punto de estallar.

Hace algo más de 20 años, en el marco de un programa de doctorado, realicé un trabajo de investigación cuyo fin era mostrar la opinión (las diferentes opiniones) de la población israelí sobre el problema palestino. En las conclusiones finales decía lo siguiente:

En mi opinión, las posibilidades de que Israel ponga fin al conflicto de un modo aceptable tanto para los palestinos, como para los israelíes, así como para la comunidad internacional, son muy escasas. Prácticamente todos los sectores de la sociedad israelí aceptan y defienden el statu quo al que se ha llegado, incluyendo el estrangulamiento de Jerusalén Este con la política de asentamientos llevada a cabo por todos los gobiernos israelíes desde 1967. También, la inmensa mayoría de los israelíes rechaza el retorno de los refugiados palestinos al interior del actual Estado de Israel, así como el establecimiento de un Estado palestino auténticamente soberano (en todos los casos propuestos existe la tutela militar israelí). Tan solo la desesperación del pueblo palestino, su deseo de conseguir una vida mínimamente digna puede llevar a los palestinos a aceptar unas condiciones tremendamente recortadas. Y sin embargo, estas condiciones limitadas es lo máximo que está dispuesta a ceder la sociedad israelí a cambio de la paz.

Existe otra parte, muy importante y fuerte de la sociedad israelí que ni siquiera está dispuesto a esos mínimos. Solo una presión exterior o un desgaste por los muertos judíos por el conflicto pueden llevar a firmar ese acuerdo aceptable. Y si la comunidad internacional quiere evitar más muertos y sufrimientos debe empezar a presionar a Israel. Y cuando hablamos de comunidad internacional, y salvo que Europa cambie mucho, tan solo EE.UU. está en condiciones de ejercer esa presión.

Hace veinte años ya existía el problema, lo que ha cambiado es la gravedad de la situación. Hoy leo en el periódico que la ONG israelí B’Tselem ya acusa al gobierno de Netanyahu de genocidio. Cada vez hay más gente que lo ve así, que piensa que esta situación es inadmisible, que es un crimen horrible que está cometiendo Israel y que hay que pararle los pies. Por eso es necesario seguir hablando de ello, seguir informándose y decir NO al genocidio.

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